Cuando comunistas y anarquistas se mataron entre ellos


hechos de mayo
Una comitiva de la Generalitat circula a toda velocidad por la calle Consell de Cent de Barcelona. Van dos coches. En el primero
Antonio Sesé, secretario de la UGT catalana que va a tomar posesión como conseller. En el segundo, cuatro escoltas. La ciudad está desierta. Lleva tres días en huelga general. De repente, se oyen unos disparos y el chófer gira bruscamente a la derecha. Sesé se inquieta. «¿Llegaremos vivos a la Generalitat?».

La comitiva decide tomar el camino más corto y ahora baja por Roger de Lauria. Hay hombres armados tras los árboles. «Esto huele a emboscada», dice uno de los escoltas. El chófer acelera. Pasa un cruce. Dos cruces. Hasta que se topa de frente con una barricada, «Maldición». En la calle Casp se ve obligado a virar a la izquierda y acaba metido en una ratonera. Los dos coches pegan un frenazo. Enfrente, otra barricada. A su alrededor, decenas de anarquistas armados. Uno de ellos, llamado Ribes se acerca a parlamentar con los brazos en alto. «No disparéis, compañeros». Cuando está a punto de alcanzar el coche se oye un disparo y comienza la refriega. Ribes intenta detener el fuego y es herido. Sesé se agacha en el asiento de atrás pero una bala le alcanza en la espalda.

3 de mayo de 1937. España está en guerra civil entre los llamados bando nacional y republicano. Sin embargo, en Barcelona ha comenzado otra guerra. Una lucha interna dentro del bando republicano. El mundo tiene los ojos puestos en España y lo único que se oye ahora es que «en el bando republicano se están matando entre ellos». Comunistas contra anarquistas. Gubernamentales contra revolucionarios. Esta lucha fatal e incomprensible duró cinco días. Tiempo para llevarse la vida de un conseller de la Generalitat y la de cientos de antifascistas. Hasta ahora se conocía el número exacto de caídos: 218. Seis años de investigación y el hallazgo de un documento milagroso en el archivo de Salamanca me han permitido saber cuántos pertenecieron de cada bando: Los comunistas y sus aliados sufrieron 63 víctimas. Los anarquistas y sus aliados más del doble: 146. Luego hubo nueve muertos colaterales.

La batalla empezó con el intento de la policía de quitar al sindicato anarquista CNT el control de la central Telefónica. Había una disyuntiva de fondo. Dos formas de afrontar la guerra. El Gobierno quería anteponer la guerra a la revolución y los anarquistas lo contrario, así que el conflicto se resolvió al más puro estilo de la Semana Trágica de 1909. Los obreros levantaron barricadas por toda la ciudad y la vida quedó paralizada. Los nuevos enemigos, antes compañeros, intercambiaron los primeros tiros en el barrio de Gracia y en uno de ellos provocaron la primera víctima: una mujer de 64 años que nada tenía que ver en el conflicto.
En el llamado bando revolucionario estaba uno de los escritores más importantes del siglo XX: George Orwell. Él era miliciano del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) de descanso en la ciudad y como tal le había tocado estar con los anarquistas. No sabía muy bien por qué luchaba. De hecho, casi nadie lo sabía. Su misión era estar de guardia en la azotea de un cine de Las Ramblas. A sus pies el nuevo enemigo: la Guardia de Asalto. Como dejó escrito en su Homenaje a Cataluña, se pasaba las horas mirando el mar y las «brillantes tejas verdes» de los edificios. También leía cómics o escuchaba la radio. Un día alguien sintonizó un dial franquista. Hablaba Queipo de Llano: «¡Manteneos firmes, la España nacionalista está con vosotros! De toda la canalla roja, la FAI es la única fuerza española auténtica!». Franco estaba encantado con aquella lucha. Sus enemigos matándose entre ellos.

RENDIRLOS DE HAMBRE

Orwell, en cambio, estaba «indignado». «Si esto es historia, yo no me siento con ánimos de vivirla», escribió. Su misión era vigilar a unos guardias atrincherados en el Café Moka. La táctica era simple: esperar a que el hambre les obligara a rendirse. Ignoraba que sus enemigos habían resuelto el problema. Salían a la calle de atrás por un túnel romano que aún existe, comían en un restaurante y luego volvían. En realidad, los guardias no querían luchar contra sus «hermanos trabajadores» y para hacer la paz les ofrecían cerveza. A cambio, los anarquistas les lanzaban granadas «como si fueran bolos». En esta zona la sangre no llegó al río. El único disparo que pegó Orwell aquellos días fue para explotar una granada que quedó abandonada en medio de la calle. Encima falló.

Los que no fallaron fueron los comunistas que vengaron a Sesé. Aquella tarde se presentaron varios en el domicilio de dos intelectuales anarquistas, Camilo Berneri y Francesco Barbieri, que habían venido de Italia a escribir sobre la guerra. Se habían hecho famosos por sus críticas al estalinismo, así que estaban los primeros de la lista negra. Los cogieron por la fuerza y les dieron el paseo a pocos metros de la Generalitat. Los Mossos d’Esquadra les dieron toda la cobertura. Ellos también odiaban a los anarquistas.
El mayor crimen de aquella batalla lo sufrieron 12 jóvenes libertarios del barrio de Sant Andreu. Se dirigían hacia el centro cuando, como le ocurrió a Sesé, se vieron rodeados por el enemigo. Los comunistas los encerraron en el cuartel Voroshilov, junto al Parque de la Ciudadela, y les torturaron hasta la muerte. Sus cadáveres aparecieron en una cuneta cinco días después. El anarquista Abel Paz tenía un amigo entre ellos y asegura que el cuerpo tenía los testículos mutilados.

Los líderes de uno y otro bando intentaron acabar con aquella locura lanzando discursos por la radio. El ministro anarquista Juan García Oliver se refirió a los obreros de la España nacional: «Pensad cuando se enteren de que en Cataluña nos estamos matando los unos a los otros». «Todos cuantos han muerto hoy son mis hermanos». Por la otra parte habló Carlos Hernández Zancajo, de UGT, que lamentó el «prestigio» que estaban obsequiando a Franco.

Orwell reconoce que era «difícil descubrir qué demonios ocurría, quién luchaba contra quién y quién iba ganando». Ahora, justo cuando se cumplen 75 años, los archivos nos han revelado lo que realmente ocurrió. Los anarquistas, aliados con el POUM, se hicieron prácticamente dueños de la ciudad. Controlaban todos los barrios periféricos y zonas importantes del centro como Las Ramblas y el Paralelo. Por el contrario, los comunistas aliados con la Policía y los independentistas, se defendían en el centro, sobre todo en el Paseo de Gracia y la plaza de Sant Jaume.

Los anarquistas tenían la iniciativa de los combates y los comunistas se limitaban a esperarles parapetados. Aquello significó un descalabro para los primeros. Arriesgaron muchísimo en los asaltos a edificios y trataron de avanzar por calles batidas por ametralladoras. Sus bajas eran muy elevadas en cada ataque. Su mayor victoria ocurrió en el este de la ciudad. Allí los anarquistas del barrio de Sants tomaron dos importantes cuarteles de policía y vencieron a un grupo de 200 guardias. Los que no salieron huyendo se escondieron en los edificios de la zona. Una testigo cuenta que se encontró un guardia herido en su portal y que fuera había «muchos hombres y mujeres» vestidos «con monos y el pañuelo rojo y negro al cuello». A pesar de todo, las bajas anarquistas fueron superiores a las de sus enemigos en todos los días que duró la lucha.

El Gobierno central temió que aquella lucha derrumbara los frentes y envió de manera urgente 5.000 guardias de asalto desde Madrid y Valencia. Los anarquistas se dieron cuenta de que tenían la batalla perdida y fueron abandonando sus posiciones. Al final, el sacrificio de 146 vidas no les sirvió para nada. Para ellos fue a la vez una victoria militar y una derrota política. El periodista Manuel Cruells escribió: «La ciudad, en general, se sentía molesta, humillada, como vencida. Los únicos que se sentían eufóricos, verdaderamente victoriosos, eran los comunistas». Hubo una inflexión en la guerra: la CNT se vio obligada a abandonar el gobierno y el PCE logró acaparar en los meses siguientes casi todo el poder. El odio se agudizó y acabó generando un nuevo combate interno en Madrid en marzo de 1939 que precipitó la victoria de Franco.

Compañeros y camaradas, las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española, de Manuel Aguilera (editorial Actas), a la venta en mayo de 2012.
(Publicado en el suplemento Crónica, El Mundo, el 6 de mayo de 2012) (PDF)
Libro sobre los Hechos de Mayo

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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2 respuestas a Cuando comunistas y anarquistas se mataron entre ellos

  1. Anonymous dijo:

    No sé cómo lo haces pero consigues meternos de lleno en la historia que cuentas. Después de leer tu libro me he quedado con ganas de más…

  2. Pingback: Los Hechos de la CUP | Manuel Aguilera Povedano

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