Ibiza: el primer luto de Hitler

 

El rostro del führer estaba especialmente serio aquel día. Acababa de sufrir su primer revés militar: 31 marinos muertos y 110 heridos. Inauguraba la lista oficial de caídos en guerra desde que llegó al poder y la maquinaria nazi había organizado un funeral masivo. Antes de subir al Mercedes Benz se ajustó su brazalete negro. Le tapaba media esvástica. Alemania entera estaba de luto. 

 

El funeral se ofició en la ciudad de Wilhelmshaven, en el norte de Alemania, el 16 de junio de 1937. Los ataúdes habían sido desembarcados uno a uno y trasladados al cementerio militar en una procesión nocturna al más puro estilo nacionalsocialista: orden militar y desfile de antorchas entre calles abarrotadas. Por la mañana llegaron las autoridades para oficiar la ceremonia. Hitler conversaba cabizbajo con el ministro de la Guerra, Werner von Blomberg. Les seguían el jefe de las SS, Heinrich Himmler, y los principales mandos de la marina. En el ambiente rondaba el fantasma de la gran guerra y la tensión diplomática que sufría Europa. La II Guerra Mundial estaba más cerca que nunca y todo por un terrible “incidente” en una pequeña isla del Mediterráneo cuyo nombre contemplaban ahora grabado en la piedra: Ibiza.

 

La historia empezó el 24 de mayo de 1937 en la bahía de Palma de Mallorca. Allí fondeaban a sus anchas barcos de guerra italianos y alemanes burlando el Pacto de No Intervención en la Guerra Civil Española, que prohibía acercarse a menos de diez millas de la costa. En el puerto había observadores internacionales así que simulaban dedicarse a labores ajenos a la guerra. Sin embargo, aquella mañana la aviación republicana atacó el puerto y alcanzó a un barco italiano. Murieron seis marinos. Dos días después hubo otro bombardeo así que los barcos alemanes decidieron trasladarse a aguas más tranquilas.

 

Uno de ellos era el acorazado “Deutschland”, construido en 1931 a la medida de las limitaciones del Tratado de Versalles. No era muy grande. Alcanzaba 186 metros de eslora, pesaba 12 toneladas y tenía una tripulación de 628 hombres. Su comandante, Paul Wenneker, fondeó confiado a escasas millas de Ibiza y, a pesar del peligro, no se molestó en aumentar el nivel de alerta. El 29 de mayo dos cruceros republicanos avistaron al buque, creyeron que era franquista y alertaron a la base aérea de Los Alcázares, en Murcia. De allí despegaron dos Tupolev SB-2, los bombarderos rusos llamados Katiuska, tripulados también por pilotos soviéticos. 

 

A las 18.40 horas, la tripulación del “Deutschland” celebraba un convite en el salón de suboficiales cuando sonaron las sirenas. Apenas les dio tiempo a salir cuando cayó sobre ellos una bomba de 50 kilos. Veintitrés hombres murieron en el acto. Una segunda acertó sobre la cubierta e incendió una torre. La puntería se atribuye a los pilotos Nikolai Ostryakov y G. Livinski, que llegaron a ser unos de los más laureados de la URSS. Cuando el buque consiguió armar las baterías antiaéreas ya era tarde; los atacantes huían.

 

La zona se había convertido en una trampa mortal y los medios sanitarios del barco no eran suficientes para atender a los 110 heridos, 71 de ellos con quemaduras graves, así que se protegieron bajo la neutralidad de Gibraltar. Allí, aunque resulte sorprendente, el Imperio Británico les recibió con los brazos abiertos. Puso a su disposición todos sus medios e incluso envió un retén de enfermeras desde Inglaterra. 

 

El acorazado gemelo “Admiral Scheer” acudió desde Formentera para escoltarle y después recibió una orden directa de Hitler: vengarse. El objetivo no se escogió al azar. Debía de ser una ciudad republicana cercana y con poca defensa. Aquello significaba romper todas las reglas del derecho internacional pero no importaba. El führer estaba acostumbrado a poner sus propias reglas.

 

A las 6 de la mañana del 31 de mayo, Almería se despertó con un acorazado y cuatro destructores a pocos metros de su costa en los que ondeaba claramente la bandera nazi. Temían un desembarco cuando, de repente, empezaron a alejarse. Pensaban que había pasado el peligro cuando los buques alcanzaron la suficiente distancia para lanzar sus obuses. Durante una hora cayeron más de 200 proyectiles de gran calibre. Cincuenta casas quedaron destruidas por completo y el resto sufrió algún tipo de daño, incluida la catedral y la iglesia de San Sebastián. Hubo 20 muertos y 150 heridos que se tragó la historia de la Guerra Civil. La suerte había evitado que se contaran por centenares. Muchos almerienses dormían en las afueras de la ciudad por miedo a los bombardeos nocturnos así que sus casas estaban vacías. No hubo respuesta al ataque. Sólo una batería de costa disparó con poca puntería cuando la escuadra daba media vuelta y se marchaba. El Gobierno alemán emitió la siguiente nota: “El incidente de Ibiza ha quedado cerrado para nosotros con el bombardeo de Almería. Alemania no va a pedir indemnización alguna”.

 

Como ha revelado el historiador Jorge Reverte, la República Española se planteó seriamente declarar la guerra a Alemania por aquel hecho. La idea era obligar a Inglaterra, Francia y la URSS a intervenir a favor de los republicanos y precipitar la guerra mundial. El ministro de Defensa, Indalecio Prieto, y el teniente coronel Vicente Rojo propusieron que la aviación hundiera a los agresores de Almería y trasladar todos los submarinos al Canal de la Mancha para atacar barcos alemanes. El presidente, Juan Negrín, consultó con los consejeros rusos y convinieron que aquello era suicida. A Moscú no le interesaba. Azaña también estaba en contra.

 

El Gobierno republicano se limitó a emitir esta nota: “Jamás una ciudad de un país independiente y soberano, miembro de la Sociedad de Naciones, con la personalidad histórica de España, ha sido atacado como atacaron anoche los buques alemanes a Almería”.

 

El plan militar de Rojo era buscar a la escuadra alemana en Melilla o Palma, pero allí no la hubiera encontrado porque estaba en aguas inglesas. El 1 de junio, cuando toda Europa se lamentaba por la atrocidad cometida en Almería, las autoridades británicas enterraban con todos los honores en Gibraltar a los alemanes caídos. Hubo dotaciones de todos los barcos británicos anclados en puerto, incluso uno holandés y otro turco, y presidió el acto el gobernador Sir Charles Harington. El día 11 Hitler exigió la exhumación de todos los cuerpos y que no se escatimaran esfuerzos para trasladarlos a Alemania, donde les esperaba un funeral de héroes. 

 

El “Deutschland” llegó a Wilhelmshaven sin problemas. Fue reparado en sólo diez días y en octubre volvió a anclar en los puertos españoles de Franco. Participó en la II Guerra Mundial con el nombre de Lützow y, ironías de la vida, fue hundido por un bombardero británico el 16 de abril de 1945, dos semanas antes de que Hitler se suicidara.

(Publicado en La Aventura de la Historia, nº 166, 22 de julio de 2012, págs. 82-83) (PDF)

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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