La niña holandesa que barría sin zapatos

En abril de 2005, el primer ministro japonés, Junichiro Koizumi, pidió perdón en la isla de Bandung (Indonesia) por las barbaridades cometidas en el pasado. Sin embargo, a Fenke Young, holandesa residente en Puerto Portals (Mallorca), se le sigue encogiendo el corazón cada vez que ve la bandera del sol rojo sobre el fondo blanco.

Pasó tres años en un campo de concentración japonés en el mismo Bandung, donde ella nació y sus cuatro generaciones anteriores vivían como colonos. Su familia pasó de vivir en una finca inmensa con diez criados a poseer sólo una maleta con algo de ropa. Aquello no era Auschwitz. No había crematorios ni ella llevaba un «pijama de rayas». Pero todo lo demás era igual. 3.000 mujeres encerradas sin apenas nada que echarse a la boca.
Todo comenzó con la entrada de Japón en la II Guerra Mundial. Sus ansias imperialistas y antioccidentales les llevaron a arrebatar las colonias europeas del Pacífico asiático: Hong Kong, Malasia, Borneo, Birmania, Indonesia… A pesar de la fiera resistencia de las fuerzas británicas, holandesas, filipinas, australianas, neozelandesas, canadienses, indias y estadounidenses, todas las islas del pacífico asiático habían capitulado en febrero de 1942.

Fenke Young tenía en aquel momento siete años. Su abuelo era dueño de plantaciones de café y caucho, y su padre era director de la compañía del ferrocarril que, ironías de la vida, se llamada SS –Fenke no puede evitar sonreír y menear la cabeza al recordarlo–. Tras la rendición holandesa, durante los primeros cuatro meses no ocurrió nada. Ese tiempo fue aprovechado por los colonos para coger todo el oro del Banco de Holanda y meterlo en un submarino rumbo a Australia. Los japoneses detuvieron a 42 hombres por ello. Sólo dejaron vivos a dos, uno de ellos el padre de Fenke. Le estuvieron torturando durante meses para que confesara donde estaba el oro hasta que lo internaron en un campo de concentración.


Mientras tanto, los policías nipones se presentaron en la casa familiar. Les acusaron de estar observando un monasterio que había justo enfrente que se había convertido en comisaría de la policía militar. Tenían dos horas para salir de allí. Colocaron la ropa, las joyas y el dinero en las maletas, y la madre dio orden al mayordomo de cargar todo en un carro para llevarlo al hotel. Sin embargo, éste cargó sólo con la nevera porque creía que era lo más importante. Fenke y su madre salieron detrás de él gritándole que se había equivocado pero el mayordomo iba como alma que lleva el diablo con su «tesoro».


Tras varios meses en el hotel, se fueron voluntariamente al campo de concentración de Tihapit. «Pecamos de ingenuos», dice Fenke. No sabían lo que era exactamente aquello y creían que todo acabaría en máximo tres meses. Tres meses que fueron casi tres años, desde septiembre de 1942 a febrero de 1945. Les obligaron a ingresar cada mes 80 florines en un banco japonés y se fueron quedando sin dinero. Al principio existía un mercado donde poder abastecerse, pero fue cerrado por orden militar y poco a poco los japoneses endurecieron las condiciones. Eran 3.000 mujeres y niños holandeses. Los varones mayores de 14 años estaban en otro campo. Las condiciones eran lamentables, comían los productos de un pequeño huerto y no podían comprar ropa. Sólo una vez al mes podían comprar un huevo, mantequilla y algo de azúcar. Se quedaron todos en los huesos. La madre de Fenke, que era muy alta, pesaba sólo 49 kilos, y su hija 35.


Las enfermedades devoraban poco a poco a la población. Fenke recuerda que comían muchos caracoles «pero de los grandes, que no me gustan». Estuvo tres años sin zapatos y se dedicaba casi todo el día a limpiar las calles con una escoba de bambú.

A pesar de todo, la vida de una niña de diez años allí tenía una ventaja: no había escuela. «Tengo que reconocer que estaba contenta por no tener que ir a clase pero después recuperé los cursos perdidos», apunta. No había colegio ni, por supuesto, hospital ni médicos. Sólo había un dentista para 3.000 personas, «y sin anestesia», recuerda Fenke con dolor.

Las mujeres idearon un método para cambiar de ropa: intercambiarla entre ellas. Cada domingo improvisaban un mercadillo en el centro del campo de concentración y truequeaban lo poco que tenían. Una pequeña fuente era lo único que tenían para beber, ducharse y lavar.


En febrero de 1945, con la guerra ya decidida en favor de los aliados, Fenke y su madre fueron trasladadas a otro campo en Yakarta, capital de Indonesia. Aquello era todavía peor, mucho más masificado con la llegada de prisioneras inglesas. En mayo Holanda ya era libre pero sus colonos en Indonesia estaban peor que nunca. Allí sufrió la madre de Fenke el peor susto de su vida. Recibió una carta de la Cruz Roja en la que le comunicaban que su marido había muerto. Sin embargo, resultó que la destinataria era otra señora Van Halen y el padre de Fenke seguía vivo. Tuvieron que esperar hasta el 9 de agosto para que cayera la bomba atómica sobre Nagasaki y los japoneses capitularan. Todos creyeron que las masacres sobre las dos ciudades habían sido necesarias porque si no «no se habrían rendido nunca». La familia Young volvió a reunirse y volvieron a Europa.

El 17 de agosto, sólo ocho días después de la segunda bomba atómica, los indonesios obtuvieron, por fin, su independencia.
(Publicado en EL MUNDO / El Día de Baleares el 20 de julio de 2008)
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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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Una respuesta a La niña holandesa que barría sin zapatos

  1. Anonymous dijo:

    Publicado en 2008, gracias por compartirlo con nosotros. Muy bueno, como todo lo que escribes.

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