Mi vida entre los rojos (I). Mi novio era un faccioso

Memorias de la adolescente María del Carmen Agudo sobre su relación con un militar rebelde y su supervivencia en el Madrid revolucionario los primeros meses de la Guerra Civil Española. Aunque no tenía ni idea de política ni afiliación alguna, fue encarcelada y pasó todo tipo de penurias. En el texto muestra, sin embargo, que sí tenía cierta conciencia de clase. Es un testimonio fresco, escrito en plena guerra, cargado de la sinceridad e inocencia de una chica joven que sólo piensa en el amor.

Las memorias fueron publicadas en el semanario Domingo de San Sebastián en cuatro fascículos: 26 de septiembre, 3 de octubre, 10 de octubre y 17 de octubre de 1937. Me he tomado la molestia de copiarlas por la calidad de la historia y su valor literario.

26 de septiembre de 1937: “Mi vida entre los rojos. Mi novio era un faccioso”

Mi vida entre los rojos (I)

Yo vivía con mi hermana en un pisito del barrio de Argüelles. Ella era modista. Yo, desde la muerte de mi padre, viudo, trabajaba como mecanógrafa en una oficina de la calle de Alcalá, cerca de Cedaceros. Ganábamos bastante para vivir. Los muchachos que me seguían a veces se imaginaban que yo era una señorita bien acomodada. Pero cuando se enteraban de que era huérfana y no tenía otro caudal que el de mi sueldo, desistían de cortejarme, o insistían de manera que no era de mi agrado.

Pero, ¡Madrid era tan alegre! Los jefes de mi oficina se portaban muy bien. Bromeaban conmigo con aire familiar. Y como conocían la verdad de mi vida y el empeño que mi hermana y yo teníamos en conducirla honestamente, procuraban protegerme contra las impertinencias de algunos que, al principio, confundían mi buen humor juvenil con otra disposición de ánimo más de acuerdo con su donjuanismo.

Teníamos la casita bien puesta. Mucha ropa blanca y las lámparas eléctricas las habíamos adornado con gasas de seda de colores, cuyo modelo nos habían sugerido algunas películas cinematográficas. Porque íbamos mucho al cine. Todo lo que permitían nuestros recursos. Para decir la verdad, más. A veces, para eso, hasta nos privábamos de comer alguna cosa que nos gustaba. Y yo, personalmente, soporté la compañía de algún chico, que no me entusiasmaba ni mucho menos, con tal de ir. Probablemente, él imaginaba que lo del cine era un pretexto para galantear. Todo lo contrario. El pretexto era él, y mi pasión verdadera: el cine. Los dramas y las comedias del cine me parecían a mí mucho más reales que los de mi vida, sin alternativas ni sobresaltos. Estaba lejos de imaginar que un día todos esos dramas serían minúsculos comparados con los que iba a tocarme vivir como protagonista…

Debo decir aquí que, al final había surgido el hombre que me ilusionó. Es posible que fuera como los otros, pero vino a su hora. Tenía más edad que yo. Era viudo, con el pelo un poco gris. Le conocí en la oficina, donde le dieron ocupación también. Bien se veía que era de otro medio social, en su educación, en la manera de tener, aun amablemente, a la gente a distancia. A mí me recordaba algunos personajes de cine que me eran casi familiares. Y pienso que, seguramente, fui yo quien fue insinuándosele, para hacerle perder aquella reserva cortés con que parecía defenderse de la gente.

– ¿Dónde ha trabajado usted antes? –le pregunté un día.
– En el Estado –me dijo.
– En algún Ministerio… –sugerí.
– No. Era militar.

Aquello me intrigó. Empecé a construir su novela, es decir, la mía. Probablemente había perdido la carrera por alguna aventura de amor, naturalmente. No era posible que fuera por nada deshonroso, porque, en tal caso, no le hubiesen admitido en nuestra oficina…

– ¿Ha dejado usted la carrera?
– Exactamente. La he dejado.
– ¿Por qué?

Se me quedó mirando, sonriendo con indulgencia:

– ¿Es que le interesa?

Debí ponerme colorada.

– Perdone la indiscreción –exclamé.
– No hay indiscreción, si es que verdaderamente le interesa.

Y se quedó mirándome a los ojos con una expresión bondadosa, diría casi paternal, que me llenó de confusión y de emoción al mismo tiempo.

– Era –me dijo- capitán de Caballería.
– ¡Qué bonito! –dije, sin poder contenerme.
– Ahora, a las muchachas ya no les gusta eso –contestó, sin perder su sonrisa-. Son otros tipos masculinos los que les interesan.

Tuve la imprudencia de contestar:

– No a todas.

Así empezaron nuestras confidencias, y supe que había sido dado de baja en el Ejército por conspirar contra la República. Inmediatamente comencé a sentir una gran hostilidad contra la República, que hasta entonces me había tenido sin cuidado. Yo tenía la esperanza de que me acompañase a la salida. Pero se abstuvo de hacerlo. Me humilló aquello. Seguramente, tenía a menos que le vieran con una chica como yo, simple mecanógrafa. Pues no le dirigiría más la palabra. Y, en efecto, aquella tarde lo hice bien ostensible comprender que me era indiferente por completo. Durante largo rato pareció no darse cuenta. Al fin, me detuvo al pasar ante su mesa:

– Parece usted preocupada. ¿Qué le pasa?

Y era tan afectuosa su expresión, tan limpia y tan leal, que de no haber sido yo todo lo formal que quería, le hubiera dicho:

– ¿Qué ha de pasarme, pedazo de tonto? Que te quiero y no te das cuenta.

No fue fácil, no, aquello. Manuel –se llamaba Manuel- tenía tan sólidamente ancladas en el alma ciertas ideas de honor, de lealtad, de sinceridad que estaba muy lejos de ese tipo osado con las mujeres que una literatura superficial ha solido ver en los militares a menudo. Era amable, pero serio, las contrariedades de su vida, el fracaso de su carrera y, por lo visto, de sus ideales, la falta de un amor maternal o conyugal que diese calor a su existencia, le hacían reservado, como temeroso de herirse el corazón en incidencias sentimentales. Alguna vez, al salir de la oficina, donde siempre nos despedíamos a la puerta, le vi saludar a señoras distinguidas, que le trataban muy afectuosamente, le tuteaban, le invitaban a comer como a persona de su mundo y clase.

– Qué elegantes son sus amigas –le insinuaba yo, a la tarde.
– ¡Ah! ¿Las vio esta mañana? Sí, son las de… –y me citaba un nombre aristocrático muy conocido-. Son amigas de mi familia. Nos conocemos de chicos.

Madrid en  los primeros meses de 1936.

Madrid en 1936.

Me contrariaba esto. Me entristecía. A veces, casi le tenía rabia por lo que se me antojaba su orgullo.

– No es para tanto –me decía a mí misma-. ¿Que ha sido capitán? Poco importa. Ahora eso no tiene importancia. Y sus amigas, ¡bah! Si se vistieran como yo, con sencillez y con trajes hechos en casa, no me serían superiores.

Me ponía a buscarles defectos. Se los encontraba fácilmente, porque es tarea en que ninguna mujer fracasa. Volvía los ojos a Manuel; me alegraba de ver su traje un poco raído, porque habría estado muchos meses sin sueldo. Toda esta labor mental me tenía nerviosa, me hacía pasar de la brusquedad a la sonrisa cuando le hablaba. Hasta que un día me propuso:

– Marujita, una de estas tardes, puesto que salimos de aquí todavía con sol, vamos a ir de paseo.

No es que me lo propusiera. Es que lo disponía suavemente; seguro de que no iba a negarme.

– No sé si estaré libre –le dije.
– Sí lo estará –me dijo con dulzura.

Me puse colorada otra vez. Por lo visto, estaba seguro de su autoridad, como hombre habituado a mandar. Pero yo no era un soldado. Tuve la veleidad de resistir pero había pensado tanto en él, se había hecho de tal modo el centro de mi atención constante y de mis preocupaciones, estaba tan celosa, tan interesada, que realmente era superior a mis fuerzas la idea de negarme a dialogar largo y a solas. Al cabo, yo no era más que una chiquilla. Tenía yo completo el repertorio de preguntas y respuestas, chistes e ingeniosidades de la muchachada de Madrid cuando galantea. Pero con él, este repertorio era inútil. De todos esos discreteos estaba yo de vuelta. Lo que me daba era una sensación de seguridad, de experiencia que me atraía sin darme cuenta. Es cierto que a las muchachas nos interesan los hombres desprovistos de ingenuidad, distintos de ese novio de cromo de tarjeta postal, cuyo espíritu se nos antoja un libro en blanco. Mientras que los que han vivido y sufrido nos atraen –sobre todo, si son bien parecidos-, con un vago deseo de consolarlos, con inconsciente prurito maternal, y con el secreto anhelo de borrar lo pasado de sus vidas. A las mujeres que son inteligentes –o creen serlo- les gusta más ser el último que el primer amor de un hombre.

Salimos juntos. Me tuteó sin pedirme licencia. Dio por cierto, con una naturalidad que a la vez me indignaba y me encantaba, que yo estaba enamorada de él.

– Eres una niña. ¿Te crees que no me he dado cuenta? –me dijo.

Ni me atreví a protestar, porque era en vano.

– Pero yo –prosiguió- soy esa cosa anacrónica que se llama un caballero. Que me pareces deliciosa, no lo dudarás, porque estás harta de que te llamen bonita a todas horas. Que sé lo buena y encantadora que eres, lo decente sin gazmoñería y lo graciosa sin desparpajo, tampoco ofrece duda. Y en fin, aunque yo no soy tan joven como tú, ni mucho menos, soy muy sensible a tu proximidad, a tu feminidad, y he acabado por dejarme seducir. Aunque en el fondo eso es lo que –cualesquiera que sean las ilusiones que los hombres nos hacemos- pasa siempre.
– Entonces… –murmuré.
– Entonces –prosiguió él- yo soy incapaz de coger a una criatura como tú sólo para divertirme premeditadamente. ¿Qué quieres? No sé hacerlo. Habrías tú de consentir en ello con toda libertad, y aún me parecería que te engañaba, porque realmente no se es libre cuando se está enamorada.
– Pero –insinué yo tímidamente- todo noviazgo tiene un término natural…
– El matrimonio.
– Eso es.
– A eso voy. ¿A ti no te asustaría nuestra diferencia de edad?

Le miré de manera que la respuesta verbal era innecesaria.

– Por otra parte –continuó- yo no tengo ahora más que el sueldo que me dan en la oficina. Tenía otros bienes. Han desaparecido en cosas que no es necesario que te explique ahora. Estoy acostumbrado a vivir de otra manera. Y sin embargo, te aseguro que me reduciría alegremente a vivir contigo modestamente. Pero no tanto que para ti eso no represente un mejoramiento. ¿Tú qué dices a esto?

¿Qué iba a decir? Lo que todas en trance análogo. Que estaba dispuesta por él a todos los sacrificios. O mejor dicho, que ningún sacrificio me lo parecería compartido con él. A veces me daba cuenta de que estaba infringiendo todos los ritos convencionales establecidos para casos semejantes. Qué debía haber hecho dengues y puesto reparos, y simulado timideces. Pero las cosas, tal como sucedían, me parecían tan naturales por haberlas deseado, que no se me ocurría oponerme a su curso. Estábamos en el Retiro. Me cogió las manos dulcemente.

– Eres –me dijo- como yo pensaba. Peor para mí, -reflexionó- porque lo peor que puede ocurrir es que las mujeres salgan buenas…

Y al cabo de un instante…

– Hay otra cosa. Yo estoy ahora metido en una empresa algo aventurada. Mientras no se resuelva no puedo unirte a mi suerte. Si todo fracasa, desapareceré, y a tus años, pronto me habrás borrado de tu memoria.
– No me será posible.
– Eres muy niña. Si esto me sale bien, nos casaremos.
– ¿De veras? –le interrumpí, sin poderme contener.
– Yo siempre hablo de veras.
– Y… ¿cuándo se resolverá ese asunto?
– Pronto. Esta primavera. Lo más tarde en el comienzo del verano…

Así empezó nuestro noviazgo. Era marzo de 1936.

II

Decir por qué le quería me sería difícil. Estas no son cosas que se razonan, y por eso en Francia a los matrimonios en que no hay amor se les llama “raison” precisamente. Me gustaba en él hasta los defectos; hasta aquello que muchas veces le hacía decirme sonriendo. –Pienso que podría ser tu padre-. Exageraba en ello. Porque no era a mí sola a quien gustaba: muchas se le quedaban mirando por la calle, o a mí me lo parecía. Había en él detalles que revelaban su vida de otro tiempo, formas íntimas de elegancia a que sacrificaba su modesto peculio, detalles de señorío en su modo de obsequiarme, rasgos de distinción que no mostraba adrede sino como por hábito.

Madrid 1936

Cartel de la CEDA en Madrid en 1936.

– Si esto triunfa –me decía- volveré a ser quien fui. Me repondrán en mi empleo. Quizá en el grado que ya debía tener.
– Pero correrás peligro.
– Toda la vida es un peligro. ¿Y el de encontrarte a ti? –bromeaba.
Un día subió a mi casa.
-¿Podrías guardarme este paquete? –me propuso.
– ¿Por qué no?
Te advierto que son varias pistolas –me dijo.

Me encantaba que así se confesase a mí. Bien podía hacerlo. Poco después se las llevó. Algunas veces, a la salida de la oficina, le saludaban gentes con quienes cuchicheaba un momento.

– Son amigos –me decía-. Pero yo imaginaba lo que estaban fraguando, aunque me parecía una locura. ¿Por qué no resignarse a vivir obscuramente, a dejar que el mundo marchase a su manera? Construía yo mis planes de vivienda futura. Me informaba de donde podían comprar muebles a plazos. Y aparatos de radio. De noche –pensaba- no saldremos sino en el buen tiempo, cuando todo el paseo de Rosales y el boulevard huelen a acacias, y los cielos nocturnos hormiguean de estrellas.

Cosa curiosa. Había disminuido mi devoción al cine. Como si todo se hubiera resuelto habiendo capturado al protagonista de la mejor película. Me daba consejos sobre el modo de peinarme, de maquillarme, con simples gestos, con miradas amables. Me regalaba guantes, y flores y perfumes que yo desconocía. Por las etiquetas veía yo de qué tiendas caras procedían. Fueron unos meses que ahora me parecen un sueño lejano, en otra vida…

El día 17 de julio por la mañana no vino a la oficina. Al llegar a mi casa lo encontré. Mi hermana me advirtió:

– Hace rato que Manuel te está esperando. Presentí la desgracia.
– ¿Qué pasa?
– Nada. No te alarmes.
– ¿Por qué no has ido a la oficina?
– Porque tengo que hacer un viaje imprevisto –me aseguró.

Pero yo comprendía que el momento de su aventura había llegado, y sin poderlo evitar sentí que desfallecía. Me puse a llorar sin consuelo.

– No, nenita, no llores. Eres mi mujercita, y mi mujer no llora por tan poca cosa.

Me cogió entre sus brazos por vez primera, con una emoción que trataba de disimular en vano. Estaba muy pálido y me habló:

– Voy a estar fuera muy pocos días. Creo que serán muy pocos. Si vuelvo, ya sabes lo que te he prometido. Si no volviera… Pero sí volveré, no tengas miedo. De todos modos, toma.
– ¿Qué me dejas ahí?
– Mi sortija. Y un poco de dinero, por si te hiciera falta.

Se fue precipitadamente como para no mostrar la emoción que también le invadía. No he vuelto a verle. Conservo el recuerdo de aquel mediodía caliginoso, de Madrid, con polvaredas en las calles. Y aquella pena que me acongojaba, sentada junto al balcón, y de la que al cabo de tanto tiempo, todavía no me he redimido…

III

El domingo y el lunes estuvimos encerradas en casa, aterradas, oyendo el estruendo de las bombas de avión y las descargas de fusilería.

– ¿Qué estará ocurriendo? –nos preguntábamos mi hermana y yo.

La impaciencia, la angustia de lo que pudiera sucederle a Manuel, la curiosidad, me impulsaron a bajar a la portería. Siempre había tenido por buena gente a los porteros. Les dábamos propina adecuada al alquiler de nuestro piso, y algún regalito que otro en días señalados. Nunca habíamos tenido con ellos discusión ni incidente. Sin embargo, algo noté en la cara de la señora Julia al verme. Una dureza en la expresión que no era el usual gesto amable.

– ¿Qué pasa, señora Julia? ¿Sabe usted algo?
– Pasa, que vamos a acabar con todos los fascistas. ¿No has leído la “Hoja Oficial”?
– No señora.
– Pues léela, y te enterarás de cosas que va a interesarte.
– ¿A mí?
– A ti. ¿O es que te crees que no sabemos que tu amigo es fascista?
– Ni yo tengo amigo, sino novio, ni es fascista ni cosa que se parezca; ni usted tiene por qué tutearme hoy, cuando nunca lo ha hecho.
– ¡Anda, la niña…! Te tuteo porque desde hoy todo el mundo va a hablarse así. Todos somos camaradas, y no hay señores ni señoritas del pan pringado. Date por enterada. Y que sea tu novio u otra cosa, tú lo sabrás. Tampoco desde hoy eso va a tener la menor importancia. Y menos humos, porque aquí sabemos quién es él, y hasta su nombre, y que ha sido militar, porque el del tercero derecha le conocía. De manera que ándate con cuidado, porque la tortilla se ha vuelto, y son muchas las cuentas atrasadas que tengo que cobrarme.

Oírla me dio frío. Me quedé consternada, sin saber qué contestar, convencida de que, en efecto, el mundo en que habíamos vivido acababa de hundirse y comenzaba una nueva vida. Vida dramática, llena de riesgos mortales, de zozobras y de asperezas para las que no me creía preparada. Tuve la intuición de contestar:

– ¿Era militar? No lo sabía. Le había conocido en mi oficina.

Y ya mi acento era otro, la verdad. De sumisión, como plegado a la autoridad cerril de la portera.

– ¿No te lo había dicho?
– No, señora –mentí.
– Te querría engañar, como todos los de su clase.

¿Qué secretos rencores podía tener aquella mujer? ¿Qué modestos trajes míos la habían enrabietado sin manifestarlo? O simplemente había envidiado mi juventud, mi alegría juvenil, quizás hasta el amor que adivinaba cuando me veía regresar sonriente de la calle, dejando a Manuel en la puerta…

Todavía, en la tienda de la esquina de la calle de Acuerdo me vendieron algunas latas de conservas y otra de galletas, harina, legumbres secas, aceite, que compramos sin pensar que pudieran escasear tan pronto. Yo hacía estas compras y me ocupaba de los quehaceres domésticos maquinalmente. Mi pensamiento estaba en el ausente. ¿Qué había sido de él? ¿Había muerto en el asalto al cuartel de la Montaña? ¿Estaba preso o fugitivo? Él vivía con una hermana viuda en la calle del Conde de Aranda. No me atreví ni a preguntar. Y por la tarde lo que hice fue ir a la oficina.

Estaba Madrid desconocido. Había en el aire humo de incendios, polvo, olor a pólvora y maderas quemadas. El viento se llevaba los papeles y las cenizas. Grandes grupos de gentes desharrapadas pasaban gritando, los hombres con fusiles, las mujeres desgreñadas, en un alarde de impudor que producía zozobra. Muchos autos pasaban a gran velocidad, llenos de gente que vociferaba. Y a menudo se oían voces de auxilio, órdenes entreveradas de blasfemias, tiroteos sin causa, que se encendían a lo lejos y cesaban también de repente.

cuartel_montaña

Madrileños junto al Cuartel de la Montaña.

En la puerta de la oficina encontré un grupo de hombres armados.

– ¿Dónde va la camarada? –me preguntaron con socarronería. Eran tipos siniestros, mal rasurados, sucios, con aspecto de maleantes.
– A la oficina del primero.
– Allí no hay nadie, prenda –me replicó el más repulsivo, a tiempo que trataba de estrecharme por la cintura.

Me separé asustada, asqueada.

– No haga dengues la niña –me dijo con sonrisa de mal agüero-, que aún le queda mucho por ver. Y ven conmigo.

Subí tras él, intimidada. En la oficina estaban registrando los que se decían milicianos. Habían tirado las mesas por el suelo, sacando los cajones de los armarios y abierto violentamente la caja.

– Aquí, esta camarada –dijo el que me conducía-, debe saber algo.
– Yo no sé nada –me apresuré a contestar.
– No te amontones, ¿quién era el jefe de esta oficina?
Dije el nombre del director.
– ¿No trabajaba aquí Manuel …?
– Sí.
– ¿Militar retirado?
– Eso, yo no lo sé.

Ignoraban, por lo visto, las relaciones que tenía con él.

– Bueno. Esto está bien para instalar aquí la secretaría del comité del barrio. Tú te quedarás allí –dijo a uno de los facinerosos-. Yo tomaré este despacho. En cuanto a ti, preciosa, vas a seguir trabajando con nosotros. ¿No eres mecanógrafa?
– Lo era.
– ¿Cuánto te daban?
– Trescientas pesetas.
– ¡Qué usureros! ¡Con esa cara y 300 pesetas! Ahora ganarás 500. Y ya verás cómo te visto yo, preciosa. Y no te asustes; que si no eres fascistas, ésta es tu hora, nuestra hora.
– Yo, ¿por qué he de ser fascista?
– ¿Tienes familia?
– Vivo sola, con una hermana.
– Entonces, es seguro que ya no tienes nada que aprender. Ser burgués de actitud te habrá enseñado ya todo cuanto es preciso.

Y me miraba con risa cínica, con expresión tan falaz como si me hubiera desnudado ante todos ellos.

– Yo soy una muchacha decente –protesté.
– Prejuicios. Ahora, que seas decente o no, cuenta poco. Lo que importa es que seas buena camarada.

Descubrieron en la caja algunos miles de pesetas. Se encerraron para deliberar lo que habían de hacer con aquel dinero.

– ¿Yo puedo irme?
– Espera, a ver lo que dice el camarada responsable –me advirtió uno de aquellos bandidos.

La discusión entre ellos se prolongaba. Uno tenía una expresión cruel, esa faz de hombre habituado a pasarse en los presidios y las cárceles la vida. Fue él, sin embargo, quien decidió mi libertad en aquel trance.

– Dejarla que se vaya. Los hombres tienen que ser hombres, y no enredarse en líos de faldas en un momento como éste. Tú, chica, márchate.

Los otros milicianos no veían aquella decisión de buen grado; pero ninguno se atrevió a protestar. Antes de que pudieran arrepentirse, salí corriendo hacia la calle.

IV

El recuerdo de Manuel era en mi imaginación como un tema constante, como un fondo sobre el que se proyectaba toda mi existencia presente. ¿Qué era de él? ¿Dónde estaba?

La portera me acogió con familiaridad humillante.

Los fascistas –me aseguró- estaban perdidos. ¿Qué se decía, que venían a la sierra? Bueno, les van a dar pocas… Hacia la sierra iba a subir una columna de 40.000 milicianos, gente brava, de la CNT y la UGT, que daría buena cuenta de ellos. A Mola íbamos a verlo por diez céntimos en una jaula del Retiro. ¿Y de mi amigo, sabía algo? Lo mejor que podía hacer era denunciarlo si tenía noticia de él. Un burgués, un militar, es decir, un señorito, que no habría pensado en mí sino para burlarse y divertirse. Precisamente, en el Cuartel de la Montaña habían muerto muchos de ellos. Un magnífico espectáculo el de tantos oficiales fascistas muertos en el patio. Como perros estaban tirados en el suelo. Ella los había visto. ¿Por qué no iba yo a verlos, si es que estaban todavía? A lo mejor, mi amigo estaba entre ellos…

"Facciosos" muertos en el Cuartel de la Montaña.

“Facciosos” muertos en el Cuartel de la Montaña.

Oyéndola, como en una pesadilla, yo me maravillaba de la maldad de aquella hembra vulgar, que hasta entonces había considerado una mujer del “noble pueblo de Madrid”, bondadoso y sentimental, según la literatura dulzona de los sainetes. Y realmente tuve el propósito de seguir su consejo. Pero me faltó valor. Y, además, no quería perder la esperanza de creerlo vivo. Se habría escapado. Estaría escondido. Habría logrado, quizás, unirse a las tropas de Mola, que venían salvarnos –pensaba.

Pero el desaliento me invadía. La radio que teníamos daba noticias terribles y desconsoladoras. Todo estaba perdido para los “facciosos”. La escuadra se había puesto de parte del Gobierno. Mola estaba vencido en la sierra ya. En Sevilla, Queipo de Llano, acorralado y pronto a fugarse, si es que podía. Sonaba la musiquilla ratonera del Himno de Riego y la Internacional, entre las noticias catastróficas.

– Manuel, Manuel de mi vida…

Es pecado y debería avergonzarme de decirlo pero en mi desesperación alguna vez me arrepentí de no haber sido suya. Luego acudía al bálsamo de los rezos que mi madre me enseñó… No es posible, Señor, que nos abandones a los buenos. No es posible que esta canalla inmunda, brutal y violenta predomine sobre la caballerosidad, la hidalguía, la bondad, la lealtad que él encarnaba como uno de tantos entre los suyos…

No tuvimos ganas de cenar. El chico de mi hermana –tenía un niño de seis años- jugaba con la inconsciencia propia de su edad, repitiendo lo que oía decir a los chicos de la calle:

– Tía, voy a matar a los “facciosos”.
– No digas necedades
¿Es que tú eres fascista?

NIños jugando a fusilar.

NIños jugando a fusilar.

Llanto de desamparo y desconsuelo. Impotencia de sentirme mujer, pobre y sola, en medio de aquella tormenta. Al oscurecer, llamó nuestra vecina. Nunca la habíamos tratado. Era una señora de cierta edad, con el pelo blanco, muy callada, educada y discreta.

– Vengo –dijo- a ofrecerme por si algo necesitan.

Se lo agradecimos efusivamente.

– En circunstancias como éstas –siguió- hay que ayudarse.

La invitamos a sentarse.

– ¿Tienen ustedes radio?
– Sí, ya lo ve.
– ¿Qué oyen ustedes?
– Las noticias que da el Gobierno.
– A veces –insinuó- se oyen cosas más interesantes…
– ¡Ah…!
– Sí, yo… sin querer… por supuesto… he oído Burgos. Y anoche al general Queipo de Llano…
– Pero, ¿no dicen que ha huido?

Sonrió de tal modo, que inmediatamente nos comprendimos. Bajó la voz.

– Hay grandes noticias. Yo oigo Burgos. Todo va estupendamente.

Nos dio detalles e informaciones que su propio optimismo exageraba. Nos prometió volver a la noche.

– Cuando las otras vecinas duerman.

Al oscurecer volvimos a oír tiroteos lejanos, ráfagas de ametralladoras, canciones y gritos y resoplidos de automóviles.

– Con tal que podamos dormir…

Y de repente sonó el timbre de la puerta.

– ¿Quién es?
– Abra a las milicias del pueblo.

Sentí que se me helaba la sangre en las venas.

– ¿Qué desean?
– No hay que asustarse, camaradas. Venimos a hacer un registro.
– ¿Un registro aquí? Pero si nosotras somos dos obreras.
– ¿Obrera tú? No tienes cara de eso. Ni manos. Os vamos a registrar.

Eran seis milicianos que habían bebido ya lo suyo, acompañados de cuatro mujeres ebrias, desgreñadas, armadas de fusiles, que nos miraban con expresión sarcástica y cruel.

– Bien vivíais para ser obreras, camaradas. ¿En qué trabajas tú? –dijo una, dirigiéndose a mi hermana.
– Era modista. Ya lo veis. Aquí está la máquina. Aquí, la costura.
– ¿Y ésta?
– Mecanógrafa.
– ¿Mecanógrafa o p…?

Sentimos el latigazo de la ofensa sin atrevernos a replicar lo que la indignación nos sugería.

Revolvieron nuestra modesta vivienda. Abrieron mi armario. Tenía yo allí los trajes, hechos a fuerza de privaciones, uno de noche, de gasa de seda negra, con strass, que me parecía precioso. Y un abrigo con un cuello de “petit gris”. Modesto lujo para los días de fiesta. Se los probó por encima del “mono” azul la miliciana.

– Estos me los llevo.

La cólera no me dejaba hablar. Y el miedo.

– No sé con qué derecho –dije, al fin.
– Con el que me da la gana. Y, además, para lo que te van a servir…
– ¿Dónde está Manuel F.? –me preguntó el jefe de la cuadrilla.
– ¿Y yo qué sé?
– No tontees y no mientas. Sabíamos que estabas liada con él.
– Eso es mentira.
– Bueno. O que era tu novio –dijo con gesto de burla.
– Eso, sí. Pero yo no sé dónde está.
– Eso es lo que vas a tener que aclarar donde proceda.
– No puedo aclarar nada porque lo ignoro.
– Bien, aquí no vamos a discutir, conque arreando.
– Pero, ¿es que os la lleváis presa? –gritó mi hermana, despavorida.
– Sí, pero en automóvil. Un paseíto nada más.

Comenzó a llorar, a gritar. Gimoteaba el pequeño, asustado. Salían las vecinas a las puertas de los pisos. Ni traté de resistir siquiera. Entre el grupo siniestro, salí, oyendo los gritos de mi hermana, enloquecida, y los comentarios de las vecinas, como si se refiriesen a otra persona. En la portería estaba la señora Julia.

– ¿Qué, ya la habéis atrapado? –les preguntó.
– Aquí está la pájara.
– Pues mucho cuidado. Esta sabe muchas cosas porque su novio estaba al tanto de todo. ¿No le habéis muerto?

Hicieron un gesto de ignorancia.

La miliciana que había robado mis trajes ensayaba a la luz del portal los reflejos de la lámpara sobre los adornos del vestido de noche.

– Menudo para una juerga –comentó.

Me empujaron –porque yo iba medio muerta, atontada, empavorecida- dentro del coche, que trepidaba ya. Cuando arrancaba, oí la voz de la señora Julia, que gritaba a los milicianos:

– ¡Y no os dejéis engatusar, porque esa es una lagarta…!

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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2 respuestas a Mi vida entre los rojos (I). Mi novio era un faccioso

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