Mi vida entre los rojos (II). La señora Enriqueta

(Continuación de las memorias de María del Carmen Agudo. Semanario Domingo, 3 de octubre de 1937, pág. 3)

Mi vida entre los rojos (II)

Aunque estábamos en pleno estío y el día era caluroso, en aquel automóvil en que los milicianos me llevaban detenida yo iba temblando de frío. Frío del miedo, que me hacía apretar los dientes, para que no me los sintieran chocar unos con otros. Cada una de las personas con quienes he conversado después de la cárcel, reaccionó de manera distinta al ser detenida, según me dijeron. Yo, como lo que era: una pobre muchacha aterrorizada, que de pronto se veía sumergida en un mundo de horror, junto al que parecían pueriles las películas terroríficas que en otro tiempo me habían entretenido.

– ¿Conque amiga de un fascista? –me dijo uno de los facinerosos. Era un individuo joven, flaco, pálido, sucio; pero vestido con cierto aliño de Don Juan de baja estofa, que recordaba a los organilleros y a los chulos de los barrios populares de Madrid.

Guardé silencio.

– No te pongas moños –me advirtió-, porque te los quito de un guantazo.

Bajé los ojos, sin saber qué decir. Bien comprendí que, en efecto, estaba deseando darme una bofetada. Y sin hablar, adopté una actitud humilde.

– ¿Y dónde está tu mozo? –insistió.
– No lo sé.
– ¿No lo sabes o no quieres decirlo?
– Si lo supiera –mentí-, no me habría dejado llevar presa por callarlo.
– Embustera –me opuso-. Ya ves que estás perdida por él. Pero le va a servir de poco. Y a ti, menos. Porque te vamos a dar “el paseo”.

Sin saber cómo, todo mi miedo se fundió en tristeza, en una profunda lástima de mí misma. Y me puse a llorar sin consuelo, calladamente. Pasó ante mí el recuerdo instantáneo de toda mi vida; dice que eso es frecuente en casa análogos. Recordé detalles insignificantes de mi infancia, cuando nuestro padre vivía todavía. Y los del registro realizado en mi casa. Se habían llevado también la radio. Me figuré cómo el pequeño preguntaría por mí. Y ahora, sin mi sueldo, ¿cómo viviría mi pobre hermana?

Entre tanto, el coche había llegado a la calle de San Bernardo, esquina a la del Pez. Había allí un grupo vociferante de esas mujeres repulsivas que aguardan en la sombra, en las aceras, cuando todos los fantasmas de la ciudad hacen su ronda nocturna. Voces aguardentosas, cabelleras despeinadas. Eran siluetas horribles, de hembras gordas, casi monstruosas, o esqueléticas, como alegorías caricaturescas del vicio y del crimen. Muchas estaban vestidas con “monos” y correajes de soldado y pistolas al cinto. Y el grupo aquel daba a la calle una apariencia de Carnaval de pesadilla, de subversión y embriaguez de alcoholes venenosos.

– ¡Alto! –gritó una de ellas-. ¿Dónde vais, camaradas?

Y antes de que le contestaran, vociferó:

– ¡Aquí va presa una “facciosa”!

Se apelotonó el grupo en torno al coche, que se había detenido.

– Entregádnosla, camaradas, que haremos con ella un escarmiento.

Pero el que iba a mi lado debía tener otros propósitos, porque las apartó de mal talante:

– Vosotras, lo que sois es una partida de … Esta individua está reclamada por la Dirección de Seguridad, para averiguar cosas muy importantes.

Empezaron a insultarle con denuestos propios de su condición:

– ¡A ti te conocemos ya, chulo, carterista…!

El motor se puso en marcha, sin embargo, y las desdichadas tuvieron que abrirle paso. Ya en plena Gran Vía, aquel sujeto me dijo, a tiempo que me pasaba la mano por la cara:

– Lo del “paseo” fue una broma, para asustarte. Ya has visto que no me ha dado la gana dejar que te molestaran esas tías. Porque a ti, chiquilla, no tiene que pegarte nadie más que yo en adelante. Para eso, me basto y me sobro. ¡Y pocas ganas que he pasado yo de tener una mujer de lujo!

Le escuchaban con gesto airado los otros dos milicianos que iban dentro del coche. Protestó uno de ellos:

– ¡Esta no es hora de andar con esas monsergas, tú!
– Esta es hora de hacer lo que me dé la gana.
– Eso, lo veremos.

Terció el otro:

– ¿Pero es que vais a reñir, aquí dentro, por una cochina burguesa? “Amos”, hombre, que la cosa “tié” gracia. Lo que sobrarán serán mujeres como ésta, y mejores. Y tú –dirigiéndose a mi sospechoso protector-, anda con cuidado, porque lo primero es la causa.

Milicianos camino del frente.

Milicianos antifascistas.

Ante la evocación de esta cosa misteriosa y taumatúrgica –“la causa”-, el miserable guardó silencio. Llegábamos a la Dirección de Seguridad. Me hicieron bajar del coche y subir las escaleras del siniestro edificio. A cada momento, entraban allí guardias, milicianos y policías llevando detenidos. En un despacho, donde había varias mesas, y tras una de ellas, una mecanógrafa muy pintada, que por su aspecto justificaba todas las sospechas, me hicieron entrar y sentarme.

– Aguarda aquí.

El que había querido protegerme entró un momento:

– No pases cuidado –me dijo en voz baja casi echándome el aliento-, que yo me cuidaré de que no te pase nada. Ya sabes que me gustas.

Cosa extraña: la repulsión que aquel sujeto me inspiraba era tal, que prefería que me llevaran a la cárcel con tal de no volver a verlo. Guardé silencio, que seguramente interpretó como una tácita aquiescencia a sus insinuaciones, porque se alejó contoneándose, como si fuera un torero en trance de desfilar con su cuadrilla.

La mecanógrafa callaba, y sólo se oía el tecleo de su máquina, en la que me pareció que no estaba haciendo sino simular que trabajaba. Al rato, se cansó de aquella comedia, e hizo ademán de reparar en mí por vez primera.

– ¿Por qué te han detenido? –me preguntó.
– No lo sé.
– ¿Eres de Falange?
– No.
– Le habrás gustado a algún responsable.

Yo me iba habituando ya a aquella manera de considerarla a una como un objeto al que se juzga en voz alta, y continué callada.

– Si eres lista, saldrás bien de ésta –me dijo.
– ¿Por qué?
– Porque, como no eres fea…

La miré fijamente, con gesto involuntario de sorpresa y asco.

– Yo era como tú –continuó-; pero chica, hay que vivir. Lo primero, es vivir…

Hice un ademán de resignación.

– ¿Has comido?

Denegué con la cabeza.

– Voy a decir que te traigan de comer.
– No, déjalo; no tengo ganas.
– ¿Dónde vivías?
– En el barrio de Argüelles.
– ¿Tienes madre?
– Soy huérfana.
– Mejor… Así las penas las pasarás tú sola.

Se abrió la puerta y entraron tres hombres bien vestidos. Uno de ellos de uniforme, con una magnífica pistola al cinto. Otro, con lentes. El tercero parecía un policía profesional. Se sentaron tras de una mesa. Traían un papel en el que estaba escrito mi nombre.

– ¿Tú te llamas María del Carmen Agudo?
– Sí, señor.
– ¿Dónde vivías?

Dije las señas de mi casa.

– Dinos lo que se sepas sobre Manuel F.
– Yo no sé nada.
– ¿No eras su novia?
– Sí, señor.
– ¿Y no sabes dónde está?
– No lo sé. La última vez que le vi fue el viernes, al mediodía.
– ¿Y qué te dijo?
– Que se iba de viaje.
– Estás mintiendo, y te puede costar caro. Tú sabes dónde está escondido.
– Ya he dicho mil veces que no lo sé. ¿Por qué no han ido a su casa?

Intervino el de los lentes:

– No seas niña y dinos la verdad. No te va a pasar nada malo, ni a él tampoco, si tú nos dices dónde se oculta. Le detendrán, quizás; pero así estará más seguro. Mientras que si te obstinas en callar, te vas a tener que arrepentir…
– Pero si es que, aunque quisiera, no podría decir otra cosa. ¿Por qué no me creen?

Consultaron en voz baja.

– Mientras se averigua si dices la verdad, vamos a tener que detenerte y mandarte a la cárcel.
– Tú, ¿no trabajas para vivir?
– Sí, señor.
– Entonces, ¿por qué ese empeño en defender a un hombre de otra clase?

Pensé para mí: “Porque le quiero”. Pero me limité a contestar:

– Si no le defiendo. Lo que sucede es que no sé qué decir, porque ignoro dónde se halla.

Se levantaron y dieron una orden. Supliqué, antes de que me llevaran:

Por Dios, que no me lleven los milicianos.
– ¿Por Dios? –dijo burlonamente el del uniforme-. Poco puede ahora. Pero, en fin, no te llevarán los milicianos.

Fui, en efecto, en un coche celular, con otras señoras, enviada a la cárcel de mujeres, que estaba situada en las Ventas.

II

Lo de ir a la cárcel siempre me había parecido deshonroso, y aun ahora no me daba exacta cuenta de que no había deshonra en ello. Idea bien anclada en mi ánimo la de que a la prisión sólo podían ir los malhechores. Y en el trayecto hasta la cárcel estuve sumiéndome en aquel desasosiego.

– Por lo pronto –dijo una de las señoras que iban conmigo-, no nos matan hoy.

Intervino uno de los guardias:

– No, señora; no tengan miedo.

No dijo más. Bastaron aquellas palabras para que comprendiéramos que era una buena persona. Miré a las otras detenidas. Casi todas eran personas de cierta clase: se adivinaba por sus rasgos, por esa distinción de maneras que, aun después de muchas horas de detención, de hambre y falta de aseo –las acababan de sacar de los calabozos de la Dirección de Seguridad-, no había desaparecido. Todas tenían una expresión de fatiga, de desesperada resignación. Y viéndome entre tanto dolor casi me pareció que se atenuaba el mío. Me retrataron en la oficina de entrada de la cárcel. El hombre que dirigía aquello examinó el papel que me concernía:

– Ésta, incomunicada.

Aturdida, vacilante, seguí a la mujer mal encarada que me conducía.

– Por aquí.

Abrió la puerta y me hizo entrar en un calabozo. No había allí más que una silla. Ni cama ni jergón. El suelo de tierra húmeda. En la silla me senté a tiempo que chirriaba el cerrojo de la puerta al cerrarse desde fuera. ¿Qué irían a hacer de mí? ¿Cuánto tiempo me tendrían en aquel sitio? Al principio tuve miedo de que hubiera ratones, que verdaderamente me horripilaban. Pero no vi que los hubiese. Ni cucarachas. Debía hacer mucho tiempo que allí no se encerraba a nadie. Me asaltó un miedo: ¿Y si se olvidan de mí y me dejan morir aquí sola? Volví a pensar en Manuel. De seguro habría muerto, si no, era imposible que no me hubiera dado señales de vida. Me reproché no haber ido a su casa, a preguntar a su hermana. Al menos, hubiera sabido algo, mientras que ahora todo era incertidumbre, y en torno a mí todo vacilaba y se hundía.

CELDA-PRESO

Meditando, tratando en vano de hallar una salida a aquella situación, se me pasaron muchas horas. Entonces chirrió el cerrojo, y una mujer entró con un plato:

– Tú, al rancho.
– Lléveselo. No tengo ganas.
– Ahí te lo dejo. Luego vendré por el plato –me dijo, como si no me hubiera oído.
– Le digo que no tengo gana.
– Todas dicen igual al principio.

Y se fue, sin otra palabra.

Miré por curiosidad el plato. Realmente, no hubiera sido capaz de probar bocado. Y lo dejé en el suelo, donde la vigilante lo había colocado. Al cabo de un rato, volvió por él.

– Pues es verdad que no has comido –observó-. Ya se te pasará la desgana.
– ¿Tendré que dormir en el suelo? –le imploré.
– A ver qué vida –me replicó despectivamente-. Con la gente que están trayendo, no habrá ni sitio en el suelo para dormir. Tú puedes darte por contenta de estar sola.
– ¿No podré avisar a mi familia, para que sepan dónde estoy?
– No. Estás incomunicada.
– ¿Usted sabe cuánto tiempo me tendrán aquí?
– No sé nada.

Puso término a la conversación, y se marchó.

La fatiga, el cansancio nervioso de tanto sobresalto, me produjeron un gran sueño, y en el suelo me tendí, como había visto a veces hacerlo en los bancos públicos a los mendigos. Me puse a llorar como un consuelo de que nadie podía librarme. A llorar para mí sola, con lágrimas que me quemaban las mejillas. Recé a la virgen, identificándola con mi madre, como cuando era pequeñita. Más pequeña y desamparada me sentía ahora. Y el recuerdo de mi alcoba caliente, de mi cama blanca y tibia, de todas las pequeñas comodidades de nuestra vida modestísima, pero ordenada, me pareció el de una existencia lejana, suntuosa, de la que me acababan de desterrar, y a la que nunca volvería…

Estuve ocho días así, sin probar bocado. Debí pasar fiebre, y desde luego mucho frío a las horas del amanecer. Me despertaba dando diente con diente, en la semioscuridad del calabozo, que apenas esclarecía la azulada claridad de la aurora. Pero no sentía la necesidad de comer. Muchas veces pensaba: “Sería muy bueno dormirme y morirme sin darme cuenta. No despertar, pasar de una vida a la otra entre sueños”. La debilidad me impedía moverme, y si intentaba pasear en la estancia estrecha me mareaba. Al término de aquellos ocho días, una mañana abrieron la puerta y se presentaron tres hombres que parecían tener allí gran autoridad. Uno de ellos, sobre el “mono” azul, llevaba las estrellas de capitán.

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
– Ocho días, creo.
– ¿Dónde duermes?
– En el suelo.
– ¿No te han dado un jergón?
– No hay más que esta silla.

Con voces autoritarias ordenaron que llevaran un colchón, donde podría dormir. Y comenzaron de nuevo mi interrogatorio. En vano querían averiguar lo que realmente yo no sabía. Y me alegraba de mi ignorancia no fingida, porque no sé, al caco de aquella maceración de mi espíritu, si hubiera tenido la fortaleza de ánimo de callar lo que hubieses sabido. Alternaron las amenazas con las palabras amables. Si era verdad que no mentía, no debía tener miedo. Al final, me pondrían en libertad. ¿Por qué estaba tan flaca?

Intervino la celadora:

Hace ocho días que no come.

Sintieron o simularon cierta indignada sorpresa:

– ¿Lo ha comunicado usted al director?
– Sí, se lo he dicho. Pero lo habrá olvidado.
– Pues dígaselo a la señora Enriqueta. ¿Tú por qué no comes?
– Es muy delicada –se entrometió la celadora-. No le gusta el rancho.
– No puedo comerlo. Y verdaderamente, no tenía gana.

Se fueron sin decirme nada más. Y temí que la incomunicación se prolongara. Pero, al poco rato, apareció la celadora con una mujer a la que yo no había visto y era la que mandaba allí. Una mujer fuerte, decidida, y que no me pareció mal dispuesta.

– Te vamos a sacar de aquí –me dijo.
– Muchas gracias.
– Y te daremos un colchón.
– Tengo mucho frío.
– Haré que te den una manta también.
– Dios se lo pague –dije, sin darme cuenta. Pero ella no protestó por aquella frase.
– Eres muy joven –observó con amabilidad-. ¿Tienes familia?
– Tengo una hermana.
– Toma este pedazo de papel y escríbele que estás aquí. Que venga a verte cuando quiera y a traerte comida si puede.

Precipitadamente, escribí en el trozo de papel, con el lápiz que me dejó, unas líneas. Me parecía una santa mujer, o por lo menos, un ser humano caritativo.

– Yo le diré que pregunte por mí cuando venga.
– ¿Quién va a llevarle este papel? –le pregunté.
– Yo misma.
– No sabré cómo pagarle esto.
– Tú, ¿no serás falangista? ¿Has hecho algo malo?
– ¿Yo? No, señora.
– Pues, bueno. Ya procuraré que no lo pases aquí tan mal como hasta ahora. ¿Tenías novio?
– Sí, señora.
– ¿Qué ha sido de él?
Creo que lo habrán matado.

Se me quedó mirando con unos ojos extraños. No precisamente malévolos, sino extraños, con expresión reconcentrada, como ahondando en mi pensamiento. Me produjeron malestar, aunque lo atribuí al desequilibrio nervioso en que me encontraba, a la debilidad, al sobresalto y al insomnio que venía sufriendo tantos días.

III

Durante los dos meses y medio que permanecí en la cárcel, la señora Enriqueta me tomó bajo su protección, que no era despreciable. Por ella pude conversar con mi hermana en mi propia celda, hasta que me levantaron la incomunicación. Me traía algo que comer, vendiendo los pocos objetos que del registro nos habían dejado, y hasta privándose de lo preciso. Cada entrevista era un desgarramiento para ella. No sabía más que llorar:

– ¡Tú, en la cárcel! Si la pobre mamá te viera…
– No te apures. Aquí hay muchas personas decentes ahora.

La señora Enriqueta la consolaba. Se interesaba por nuestros medios de vida. ¿Vivíamos verdaderamente solas? Ella estaba muy sola también. Había sido muy desgraciada con un hombre. Lo que teníamos que hacer era no fiarnos de los hombres. Ya veía yo lo que me estaba ocurriendo con uno de ellos… Y así por el estilo. Cuando salí con las demás presas pude apreciar que no era yo la única protegida. Con otras había trabado hasta amistad. Bromeaban con ella, y se decían sonriendo cosas que yo no comprendía. Un señora –muy guapa, por cierto-, cuyo nombre conocían todas las que estaban allí, había logrado sobre ella una singular influencia: le mandaba, le daba órdenes. Y la señora Enriqueta, sumisamente, obedecía.

A todo esto, yo procuraba no hablar con nadie. Algunas señoritas se me acercaban, me preguntaban acerca de mi vida, de mis amistades. Como no teníamos relaciones comunes, se extrañaban de verme allí. ¿No era yo de Falange? Yo decía la verdad: que no lo era. Como no me entrometía entre ellas, y no podían temer que fuera a espiarlas, les intrigaba mi reserva. En la cárcel, pasado cierto tiempo, se había establecido una especie de normalidad dentro del ambiente dramático en que se vivía. Muchachas aristocráticas realizaban, no diré alegremente, pero sí con resignada conformidad, las más penosas tareas. El mayor placer era el de la conversación, el de comunicarse noticias unas a otras. Y los comentarios en torno a la enigmática señora Enriqueta. Algo debían saber que yo ignoraba, y que las hacía tratar de ella con alusiones para mí impenetrables. Yo había empezado a toser. La señora Enriqueta se me acercaba, me tocaba los brazos:

– Te estás quedando muy delgada. Hay que comer. A ver si te sacan de aquí pronto.
– Dios lo quiera.

Porque, aunque me oyera invocar a Dios, no se enojaba conmigo. Y era verdad que yo enflaquecía. Mediado noviembre, me había quedado en los huesos. En unas tardes del otoño madrileño, yo me ponía a tomar el sol, en un ángulo del patio. Sentada. Sola. Venían otras presas, tan apenadas como yo pero con más ánimo.

– No estés triste. Dios nos ayudará.

Pero, yo lo que sentía era una enorme desgana de vivir. Me hubiera gustado apagarme sin sentido como una llamita o desaparecer en el aire, como un humo de hogar humilde, bajo aquel sol tibio que me acariciaba, y en el que hubiera querido fundirme. Muerto Manuel, dispersa la oficina donde yo me ganaba el pan, deshecho el mundo todo en que había vivido, ¿para qué empezar a vivir de nuevo? O me ponía a soñar en lo que hubiera sido mi vida con él, imaginaba de qué manera habría arreglado nuestra casa, cómo le hubiera acariciado y mirado largamente. Todo como a distancia y alejándose en la ilusoria perspectiva.  El lavar, el fregar, no nos era tan penoso como me parece ahora al recordarlo, porque lo hacía con el pensamiento ausente de tan desagradables tareas. Y un día, vino a verme mi hermana. En su rostro comprendía que había algo nuevo, algo muy grande e imprevisto. Nos dejó solas la señora Enriqueta. Y antes de que saliera, sin poder contenerse, habló mi hermana:

– Manuel…
– ¿Está vivo?

Afirmó con un gesto.

– ¿Preso?
– No. En el otro lado.

Sentí como un mareo, como sueño, en horas de debilidad, era como haber bebido vino muy alcoholizado.

– ¿Pero, de verdad?
– Aquí te traigo su carta.

Cogí el papel, lo besé. Eran muy pocas palabras: ni siquiera había una expresión de ternura. Una hoja de la Cruz Roja Internacional, en la que, de parte de “mi tío Manuel”, se preguntaba por mí. Debía contestar sencillamente cómo estaba, sin más palabras que las dos o tres precisas. Aquellas me bastaban, y todas las del idioma habrían sido insuficientes para expresar mi emoción y mi alegría. Escribí, pues, simplemente: “Estoy bien”. Y firmé. Me puse a saltar, a llorar, a reír al mismo tiempo. Estaba vivo y a salvo. ¡Qué bueno era Dios, que así había escuchado mis plegarias! Y ahora sí que me entró un deseo furioso de vivir, de ponerme buena, de trabajar, de intrigar para escaparme a reunirme con él. O mejor sería esperarle, puesto que las tropas de qué formaría parte estaban sobre Madrid. Todo me parecía ya fácil, alegre. ¿Cómo se había ido? ¿Dónde estaba, realmente? ¿Cómo había podido escribirme? Problemas difíciles de resolver; pero en los que yo me sumergía gustosamente. Manuel estaba vivo. Y hasta la cárcel me parecía habitable, y el día más claro, encendido de luces de esperanza.

Vivo; pero al otro lado del frente. Y yo también viva, aquí, fiel a su amor; pero encerrada en una cárcel y sin indicios de salida. Pero, puesto que Dios había hecho lo más, bien querría hacer lo menos. Y me puse a rezar con la fe del que ha visto milagros. Me advirtió mi hermana al irse:

– Disimula con la señora Enriqueta.

Procuré disimular, en efecto. Pero no tenía el don de hacer comedia y en el acto adivinó la turbación que me invadía.

– ¿Has tenido noticias de él? –me dijo, con suspicacia.
– Sí, señora.
– ¿Y dónde está?
– Con los “facciosos” –y tuve la inspiración de añadir-, se ha casado con otra.
– ¿Lo ves? ¿No te lo decía yo? Todos los burgueses, todos los fascistas son así. Y todos los hombres –añadió-. Pero no te apures. Eso que te ha hecho te va a servir para recobrar la libertad.
– ¿Qué dice usted?
– Que ahora sí que estoy segura de que no eres fascista. Y yo misma voy a encargarme de sacarte de aquí.
– ¿Podrá usted hacerlo?
– Lo he hecho con otras que eran mucho más difíciles. Y todas han sido liberadas.

Pensé que tenía codicia de dinero.

– Nosotras somos pobres –le proferí-. Pero yo trabajaré y ganaré, y le daré cuanto pueda.

Me miró suavemente. Y me dijo estas palabras, que me parecieron razonables.

– El agradecimiento no siempre está en el dinero.

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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2 respuestas a Mi vida entre los rojos (II). La señora Enriqueta

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