Mi vida entre los rojos (III). Libre y hambrienta en Madrid

(Tercer fascículo de las memorias de María del Carmen Agudo. Semanario Domingo, 10 de octubre de 1937, pág. 3)

Mi vida entre los rojos. María del Carmen Agudo Todavía pasé las Navidades de 1936 en mi cuarto de la cárcel. Porque si bien se me había restablecido la comunicación con las demás presas y con mi hermana que podía visitarme, se me mantenía sola en la celda. Esto me producía muchas cavilaciones y temores, imaginándome que revestía de mayor gravedad mi reclusión. Muchas veces pensaba: ¿Por qué me tendrán sola? Cada vez que oía pasos, sobre todo de noche, me figuraba que vendrían a buscarme. Así se puede imaginar fácilmente cómo fueron mis Navidades. No es que en otro tiempo las hubiera pasado en la opulencia; pero sí en la paz y en el reposo de nuestro hogar, con relativa abundancia y con mucha alegría. Así, esta Nochebuena transcurrió casi toda ella en evocaciones, rezos y lágrimas. A casi todas las reclusas les aconteció igual. Y en medio de la tristeza habitual, parece como si estos episodios no hubieran debido revestir importancia alguna; sin embargo, hacían más dolorosa aún la vida, dándonos la sensación de lo que habíamos perdido y valorando, por contraste, cuánto en nuestra existencia anterior apenas si apreciábamos por parecernos obligado y natural.

Una tarde, mediado enero de 1937, la celadora abrió la puerta de mi encierro.

Ha llegado tu hora –me dijo-.
– ¿Mi hora?
– La de la libertad. Estás libre.
– Pero, ¿es verdad? ¿No me engaña usted?
– Anda, coge esa bata y lo que tengas. Tienes que salir cuando aún es de día.

La seguí, vacilante de emoción y todavía temiendo una burla cruel. Pero era cierto que se me libertaba. El hombre mal encarado y malhumorado que estaba tras de la mesa debía tener ya extendida la orden o registro en que había de formalizar mi salida, porque se limitó a decirme:

– Firma aquí.

En el fondo del pasillo, fingiendo hallarse atareada, estaba la señora Enriqueta. Me hizo un gesto amistoso desde lejos. No la he vuelto a ver… Y en seguida, a la calle. Era una tarde de enero, de esas bonitas que parece imposible que a nadie le ocurra ningún mal. Y Madrid era ya otro Madrid, sucio, aplebeyado, con grupos de milicianos menos ruidosos que antes de mi reclusión; pero, al parecer, alegres y despreocupados.

Milicianos en Madrid.

Milicianos en Madrid.

Todavía no estaban totalmente vacías las tiendas, y una multitud popular se amontonaba en los cafés y a la puerta de los cines. Casi me olvidé yo de lo que me sucedía. Casi creí volver al Madrid de antaño. Con mi bulto de ropa y mis zapatos de tacón torcido bajé por la calle de Alcalá, por lo pronto contenta con la sorpresa que iba a darle a mi hermana. Tomé el metro y descendí en San Bernardo. Y apresuradamente me dirigí a mi casa. Ya sabía que los porteros se habían ido a su pueblo. Ahora regentaba la portería un matrimonio comunista. El marido se embriagaba como quien cumple un rito, diaria y concienzudamente. Gruñó al verme subir. Toqué el timbre. Se quedó sobrecogida de asombro la pobre María al verme. Nos abrazamos llorando.

– Creí –me dijo- que nunca saldrías de allí.

II

– Y ahora, a trabajar y a vivir –dije-.
– Sí, pero, ¿en qué?
– ¿Qué dinero tienes?
– Quince pesetas.
– ¿No hay nada que vender o empeñar?
– Ya, nada.
– No te apures. Ya pensaremos.

La convicción que tenía de cierta protección divina me daba una tranquilidad que no se fundaba en ningún motivo razonable. Por lo pronto, aquella noche nos alimentamos con cocimiento de malta y pan. Todavía había pan. La vecina que solía visitarnos –y cuyo esposo había desaparecido– vino a ofrecernos algunos comestibles. Pero nosotras, y sobre todo yo, teníamos una idea del decoro tan propio de la clase media, que nos avergonzaba aun en aquellas circunstancias, confesar nuestra necesidad, y le aseguré que disponíamos de lo necesario. No teníamos nada más que unos botes de leche condensada que reservamos para el pequeño. Y a la mañana siguiente nos desayunamos con cocimiento de malta, esta vez sin pan. Pan y cocimiento de malta constituyeron nuestro almuerzo. Y la comida. Y así un día y otro, y otro, hasta diez. Al final, yo creo que delirábamos.

– No podemos seguir así.
– ¿Qué podemos hacer?
– Yo –dijo mi hermana- voy a pedir comida a un cuartel.

Es pueril; pero me pongo colorada al escribirlo, y, sin embargo, quiero hacerlo, porque esto no es un relato para la novela rosa, sino un documento de la vida de una mujer honrada, desamparada y pobre en ese Madrid que será para siempre la Ciudad del Hambre, del Crimen y del Dolor. Pensé en suicidarme. Pero mi hermana, con más sentido práctico, me convenció.

– Tú no tienes que ir. Yo iré. Y, además, ¿por qué hemos de avergonzarnos de nuestra pobreza, si no tenemos la menor culpa de ella? Y, sobre todo, no puedo dejar morir al chico sin intentarlo todo.

Fue al cuartel de milicianos que hay instalado en la calle San Bernardo, esquina a la del Pez; creo que era, en otro tiempo, residencia de unos banqueros llamados Baüer. Allí, en efecto, le dieron sobras del rancho. Todas las mañanas volvió, con una cacerola, que le llenaba, y que una vez recalentada aplacaba el hambre que padecíamos. Pero nadie puede imaginar la desesperación sin consuelo que nos causaba esta humillación, este descenso a la condición de mendigas, en contraste con la alegría de la gente triunfante, que atronaba las calles de la ciudad con los bocinazos de sus automóviles robados. Yo iba adelgazando por días. Por curiosidad, me pesé en una farmacia. Pesaba 38 kilos. Me tocaba los pómulos con amarga complacencia. Me decía a mí misma: “Esta es mi calavera. Pronto estará bajo tierra. O encima; pero insensible ya…”.

Cuando se vive en tal estado, una desciende, o se purifica de tal modo, que apenas sí le queda resquicio mental para el amor humano. En estas semanas, el recuerdo de Manuel se apagó o atenuó, como si su imagen se me desvaneciese de la memoria, o sólo hiciera en ella apariciones intermitentes y débiles. En un rincón de un cuarto interno teníamos –habíamos logrado salvar de los registros- una estampa de la Virgen del Pilar. Ante ella ardía una lamparilla, promesa de mi hermana por si se lograba mi libertad. Yo también hice promesas. Y al fin, un día tuve la decisión de ir a pedir trabajo a los propios milicianos.

– ¿Con quién quieres hablar? –me preguntaron.
– Con el jefe.
– Ahora no se puede hablar con él.
– Yo soy afiliada –mentí.
– ¿Y qué deseas?
– Trabajo. Estoy sin trabajo.
– Eso no te lo van a resolver aquí. Vete al Cuartel General.
– ¿Dónde está eso?
– En la calle de Moreto, 11. Es un hotel.
– ¿Quién es el jefe de aquello?
– Piñera. El comisario Piñera.

Me fui a pie, porque ya no tenía ni un céntimo. Me detuvieron los guardias en la puerta. Alegué mi falsa condición de afiliada a la UGT. En vez de exigirme el documento comprobatorio, optaron por dejarme pasar. Yo debía tener tal aspecto debilidad y pobreza, que probablemente les inspiré compasión. Y sin más dificultad pasé a la presencia de Piñera. Este es un hombre importante allí. Ignoro cuál fuera su profesión anteriormente. Conmigo se condujo de un modo humano y hasta amable. Me interrogó. ¿Qué es lo que yo deseaba? Le expuse nuestra situación: dos mujeres solas, expuestas a morirse de hambre; un niño de seis años.

– El niño os lo podemos meter en un colegio o evacuarlo –me propuso-.
– No, no –le atajé-. Su madre se moriría. Además, está delicado de salud.
– ¿Qué sabes hacer?

No sé por qué, oculté que había sido mecanógrafa. Hablé vagamente de trabajos domésticos.

– Total, que no sabes hacer nada. Pides trabajo, y no sabes en qué –me dijo con cierta brusquedad.

Las lágrimas me salieron a los ojos contra mi voluntad. Se ablandó aquel hombre.

– ¿Has comido?
– No, señor.
– Quédate. Comerás con nosotros. Y ya veremos después qué hacemos contigo.

¿Tenía una hija, una hermana cuyo recuerdo le habló por mí? El caso es que acabó por decirme, sonriendo:

– Y tienes suerte, porque hoy nos van a dar un guiso de pato magnífico.

En efecto, no obstante mi aspecto lamentable, me hicieron sentar a la mesa. Con el comisario Piñera se sentaron el comandante Ino (sic), el comandante Sirvent, el capitán Fernández y alguien más cuyo nombre no logro recordar ahora. Yo estaba cohibida, y el temor me había quitado el apetito. Y, no obstante, comí, sin gana, para darles la sensación de que realmente estaba hambrienta. Bromearon conmigo, y Piñera dijo al fin:

– ¿Tú quieres trabajar, realmente?
– Claro que sí.
– ¿No te importa lavar y fregar?
– No, señor.
– Bueno, pues desde mañana, ven. Te daremos 25 duros y comerás aquí. Ya hay otras chicas que también prestan esos servicios.

Así entré a trabajar, como fregona, en el Cuartel General de los milicianos, instalado en la calle Moreto, 11, en Madrid.

III

No nos mataba allí el trabajo; pero teníamos que realizarlo. Éramos varias muchachas de distinta procedencia. Las otras, por lo visto, no habían pasado las estrecheces y miserias que yo, porque tenían buen aspecto y estaban de buen humor. Me abstuve de decirles que yo salía de la cárcel. Pero me creí obligada a revelárselo al comisario Piñera, por temor a las consecuencias que podrían sobrevenirme si algún día lo descubrían los milicianos sin que yo le hubiera prevenido. No pareció darle importancia. Me preguntó por fórmula si yo era fascista; pero cuando vio las manos –que en los trabajos rudos de la cárcel se me habían puesto ásperas-, aceptó por buena mi explicación. Le dije que, por disgustos que habíamos tenido, me había denunciado la portera. Como ésta ya no residía en Madrid, era difícil que pudieran comprobarlo. Y, en realidad, tampoco era mentira.

En aquella oficina del Estado Mayor de los milicianos viví durante algunas semanas, sin que nadie me molestase. Nos daban de comer bien. Fuera, la gente pasaba hambre y carecía ya de todo. Pero los personajes que mandaban allí, y nosotras mismas, por merced de ellos, comíamos sin escasez. Tenían allí muchos víveres almacenados. Una vez que estaba limpiando un armario Piñera lo abrió y me dijo, enseñándome unos saquitos pequeños:

– Mete la mano aquí.

Lo hice así y toqué un metal pesado y frío.

– ¿Qué es esto? –le pregunté-.

Abrió el saquito y me lo mostró. Estaba lleno de monedas de oro. Yo no las había visto nunca en tal cuantía. Pareció gozarse con mi admiración.

– ¿Te gusta?

Pero su obsequiosidad no llegó hasta hacerme ningún donativo.

Yo iba allí a las nueve de la mañana. Limpiaba la oficina, barría, fregaba. Comíamos las chicas, y en cierto rato continuábamos las ordenanzas de unos despachos a otros. Por la tarde, regresábamos a nuestras casas. A mí, más de una vez, sabiendo que tenía miedo de andar sola por las calles, me dejaron, para ir a casa, usar un automóvil.

Curioseábamos aquel hotel que seguramente debió pertenecer a gente muy acaudalada. Ya no existían allí los muebles de los primitivos propietarios, sustituidos por otros de oficina. Pero en una habitación cerrada había amontonadas muchas ropas y baúles, que sin  duda pertenecieron en su día a la que fue señora de la casa: zapatos, trajes, mantillas, abrigos, peinetas de concha, mantones de Manila.

Las otras chicas me instaron a llevarme lo que me gustara. No lo hice.

Llévate este abrigo –me dijeron-.

Me negué, sin aparentar tampoco que me escandalizaba.

– Te dará permiso el comisario.
– No, no quiero.

Era un abrigo de pieles, que me hubiera venido de las mil maravillas porque pasaba un frío atroz. Pero me horrorizaba la idea de robar yo también, de decirme a solas: “Bueno, Carmencita, también tú has acabado siendo ladrona”.

Muchas veces me llevaba provisiones a mi casa con licencia de Piñera: una lata de leche condensada, un puñado de patatas, azúcar, que escaseó en Madrid. Merced a ello, podía ir viviendo mi hermana y alimentando al pequeño. ¡Qué lejano, qué inaccesible me parecía a mí el mundo donde había vivido y hubiera querido morir! Con el relativo bienestar que me dejaba libre la imaginación, antes obsesionada por el hambre, reapareció la imagen de Manuel en mi memoria. Pero ya muy lejano, como borroso, estampa triste de un pasado que ya no volvería. ¿Qué era de él? En la oficina, los jefes hablaban con nosotras. Con alguna supongo que más de la cuenta. Y si atravesé por allí sin tener nada que reprocharme, es porque verdaderamente, yo debía inspirar, más que ideas de amor, sentimientos de misericordia. Tan flaca y amarilla estaba. Y adrede, también dejé de maquillarme con ese arte instintivo de la mendicidad que mi situación trágica me sugería espontáneamente. Siempre aparentaban ellos gran confianza en el triunfo final. Pero hablaban de los fascistas no negando su acometividad y sus medios, sino jactándose de que no pasarían. Esa, por otro lado, era la consigna general. Las muchachas cantaban mucho unas coplas que salmodiaban los ciegos y repetía todo el Madrid rojo:

Pancarta en la calle Toledo de Madrid.

Pancarta en la calle Toledo de Madrid.

“Vengan generales
fascistas aquí,
con el egoísmo
de entrar en Madrid,
que los segovianos
les esperarán,
y les aseguran
que no pasarán”.

O esta otra, que se cantó en elogio a un tal Rivera, presunto héroe de las “milicias del pueblo”:

“Con las costillas de Mola
tenemos que hacer un puente,
para que pase Rivera
con su brigada valiente”.

El cancionero popular comprendía también coplas satíricas contra las gentes de la retaguardia. Algunas no se pueden transcribir. Esta, difícilmente:

“Llevan chaqueta de cuero
y pantalones igual;
mientras tanto, los del frente
enseñando el c… van”.

Se habitúa una a todo, sobre todo cuando no hay en el horizonte esperanza ni posibilidad de mejora. Yo, que había tenido mucha curiosidad por leer las historias de la revolución rusa, comprendía ahora la mansedumbre, que antaño me parecía increíble, de millones de seres humanos. En “Informaciones” –cuando lo dirigía don Juan Pujol– había seguido los relatos de madame Tatiana Tchernavina. Y ahora me encontraba yo mucho peor, y con menos probabilidad de escapar del infierno marxista que ella. Pero esto de infierno acabó por parecérmelo menos. Después del hambre, del miedo al fusilamiento, de la cárcel, de las vejaciones y los trabajos penosos y humillantes, la relativa seguridad de que ahora gozaba, la alimentación segura, la calma personal, con mi tristeza, eso sí, en medio de aquel Madrid en delirio, casi se me antojaba una situación privilegiada.

Porque todo este relato, para expresivo de la realidad, debiera hacerse entre detonaciones y estampidos de obuses y traquetear de ametralladoras. Madrid tiene como fondo, diríamos musical, esos ruidos constantes. En torno a mi casa, del barrio de Argüelles, hay infinidad de edificios hundidos, desmoronados, con una esquina que se llevó una bala de cañón, un techo pulverizado sobre la armadura de hierro o maderas, balcones que cuelgan, lienzos de pared que se sostienen no se sabe cómo. Mi propia casa –situada en la zona que llaman de guerra- había recibido algún obús. En mi cuarto había huellas de metralla. Olvidaba decir que desde hacía meses ya no tenían ni un solo cristal ventanas ni balcones. Sin abrigos –que se nos habían llevado-, sin cristales en los huecos del piso, puede concebirse cómo pasaríamos las noches de invierno. Refugiadas en la cocina, donde no es que hubiera fuego, sino que ardía la única bombilla que podíamos tener encendida sin que se viera. Ella, en la máquina. Yo, a mano, para ayudarla. ¡Cuántos silencios, henchidos de lágrimas; cuánto sueño expuesto en voz baja, para que no lo oyeran los vecinos!

Bombardeo Argüelles

Barrio de Argüelles. (www.museoreinasofia.es)

– ¿Tú piensas en él todavía? –me preguntaba mi pobre hermana.
– Siempre. ¿Crees tú que vivirá?
– ¿Por qué no?
– ¿No lo habrán muerto en uno de estos combates?

Porque desde nuestra casa, sobre todo desde la azotea, a la que alguna noche subimos con la vecina, se veían los combates de la Casa de Campo. Era como una fiesta de terribles fuegos artificiales. Se percibían claramente los fogonazos y el silbido de los proyectiles, y los estampidos cercanos. Alguna noche nos hicimos la ilusión de que los nuestros –“los nuestros”- iban a entrar por fin. Casi no dormimos. Pero el combate se apagaba poco a poco, y el día triste comenzaba de nuevo con su luz azulada, en la que, muerta de cansancio y de desesperanza, me dormía…

IV

En Moreto, 11 –donde yo trabajaba-, se hacían planes de guerra. A veces, venían por allí personajes rusos chapurreando español. En todo caso, los jefes se encerraban en un cuarto del piso primero. Allí había una gran mesa de pino, como las que usan los dibujantes para trabajar, llena de mapas y planos. De estos planos, los delineantes sacaban croquis o copias, que se llevaban luego, probablemente para reproducirlas. Alguna vez, por esa curiosidad femenina que causó la muerte a las mujeres de Barba Azul, me puse a examinar aquellos mapas. Sin propósito de espiar; eso, no. La idea de que tuvieran por espía me daba frío en la espalda. Por simple curiosidad. Pero nada entendía, y sobre todo nada sacaba en limpio de ellos. En nuestra presencia, tampoco aquellos hombres hablaban sino en términos oscuros. Esto no me impidió saber que constantemente les llegaban armas y municiones de Rusia. Yo misma tuve en las manos un fusil ametrallador, que nos dejaron ver como objeto curioso. Tanques, cañones, autos, ametralladoras, explosivos, camiones y, sobre todo, víveres para los milicianos. Muchas veces comí yo carne de la que traían de Rusia. No era mala.

Me enviaban con recados a la iglesia de Los Gerónimos, que está allí cerca. Últimamente trataban de hacer un paso subterráneo del hotel a la iglesia para comunicarse sin salir a la calle. La iglesia de Los Gerónimos está convertida en almacén de víveres. Las imágenes no han sido destruidas, sino vueltas de espaldas. En las naves se amontonan, como en un depósito de estación ferroviaria o de puerto marítimo, grandes pilas de sacos de arroz, de patatas, de alubias. Montones de bacalao, barriles de vino y pellejos de aceite. En los edificios anejos al templo, que en otro tiempo debieron ser residencia de eclesiásticos, están ahora los guardias de asalto y otras oficinas militares. Pero a estas oficinas no tuve sino muy raramente ocasión de entrar, para llevar algún recado.

Lo que yo cuento es lo que vi y pasé. Por eso no puedo dar una impresión de conjunto exacta de lo que en Madrid sucede. En el ambiente en que yo vivía parecía efectivamente prevalecer cierta confianza en el triunfo. Lo de haber detenido la entrada de las tropas en Madrid, tengo la impresión de les parecía maravilloso y había servido para alentarles. Pero, de otro lado, por algunos detalles, podía pensarse que tal confianza era más bien simulada. No pocas veces nos preguntaban a nosotras, que al cabo éramos simples sirvientas, cuál era nuestra opinión. Claro está que manifestábamos fe ciega en su triunfo. Las otras, porque indudablemente la sentían; yo, porque me convenía fingirla.

– Y tú, que eres fascista –me decía, bromeando, Piñera-, ¿qué crees?

Se contestaban a sí mismos, como quien reflexiona en voz alta para ahuyentar sus preocupaciones.

No pasarán –opinaba él mismo-. Al principio, carecíamos de todo. Ahora, es enorme la cantidad de material ruso y francés y checo que estamos recibiendo. Mirad este juguete.

Y era cuando nos mostraba el fusil ametrallador.

La Puerta de Alcalá con los retratos de  Litvinov, Stalin y Voroshilov.

La Puerta de Alcalá con los retratos de Litvinov, Stalin y Voroshilov.

Otra era la opinión de nuestra bondadosa vecina. Según ella, el triunfo de Franco era seguro. Estaba al tanto de todos los avances nacionales, porque había logrado, no sé cómo, sustraer su aparato de radio a todas las requisas. Un día vino a verla una amiga suya. Hablaron en voz baja pero sin disimular su aire escandalizado. Cuando la visitante se fue nos contó:

– Esta amiga mía tenía albergadas en su casa a tres monjas. Dos de ellas, ancianas. La otra, joven. ¿Saben ustedes lo que pasa? Pues que la joven se casa mañana con un miliciano.
– ¿Por su voluntad?
– Por su voluntad. Dice que había sido metida de niña en un hospicio, y luego en un convento, y que hasta ahora no conocía mundo.

Por lo visto, iba a empezar a conocerlo en plena guerra y revolución, de la mano de un miliciano comunista. Las otras dos religiosas, en cambio, vivían consagradas a sus rezos, sin que su fe flaqueara ni un instante.

Los días pasaban, se repetían los aniversarios de las fiestas tradicionales: carnaval, Semana Santa. Nadie la celebró públicamente, claro está. Pero el lunes de Pascua, cuando volví a mi casa, encontré a mi hermana radiante.

– ¿Qué pasa?
– ¡Hay noticias!

Las preguntas se me atropellaban.

– ¡Sí, noticias de Manuel! Cálmate…

Aquí hay una carta. Y dinero. La leí sin enterarme, buscando la firma. Procuré tranquilizarme.

– ¿Cómo han traído esta carta?
– Un señor extranjero. Vino preguntando por ti. Me ha dejado 50 duros. Dice que vendrá, por si quieres contestar, mañana.

Volví a leer la carta, escrita con precaución, a pesar de todo, en la que se me habla de mis tíos Manuel y su esposa, de que, sabiéndome delicada, tendrían gusto en que me repusiera en su compañía, en París, donde se encontraban. Si deseaba salir de Madrid, debía contestar afirmativamente. Se procuraría hacer las gestiones necesarias para ello.

Me senté. Volví a leer una y otra vez la carta. A través de las fórmulas ideadas para despistar a la censura y a la policía, si hubiera caído en sus manos, estaba clara una cosa: que Manuel vivía, que me seguía queriendo, y que se ocupaba de mí, y que podíamos, quizás, vivir algún día como en tiempos mejores habíamos imaginado. Escribí una carta larguísima, en la que le contaba mis sufrimientos, y mi cariño, u mi ansiedad por reunirme con él.

Pero el mensajero –sobre quien se comprenderá que no dé ni un solo detalle- me dijo al día siguiente, cuando vino a recogerla:

– No. Esa carta no puedo llevarla. Dos líneas nada más, diciendo que está usted conforme con salir de España para ir a reponerse. Y rompa esta otra. Y la que le traje.

Rompí la mía, y la de Manuel, besándola antes. Todo me parecía ya fácil, aunque la experiencia me demostró que no lo era. Y aquella noche no fueron las explosiones de los obuses –aunque sonaban frecuentemente- las que me mantuvieron despierta, sino el pensamiento de mi evasión, la certeza de que, muy lejos, en sitio que yo ignoraba, había un corazón que latía al compás del mío, y me aguardaba con ilusión y ternura…

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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2 respuestas a Mi vida entre los rojos (III). Libre y hambrienta en Madrid

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