Mi vida entre los rojos (IV). En el hospital del Palace

(Cuarto y último fascículo de las memorias de María del Carmen Agudo. Semanario Domingo, 17 de octubre de 1937, pág. 3)

Carmen Agudo IV

Lo de que Madrid se rinda por sí solo, a consecuencia del hambre que la mayoría de la población padece, lo tengo por muy problemático. Sufren hambre las gentes de derecha y los que no tienen ninguna significación política, y las mujeres desamparadas y los huérfanos, y las familias obreras sin hombre en el frente. Pero los miles de milicianos armados que mandan en la ciudad, los dirigentes, los “responsables” y sus familias, esos todavía no han empezado a padecerlo, ni es fácil que lo sufran en mucho tiempo. Estos son los que tienen la fuerza, de la que usan sin escrúpulo. Y los que más temen una rendición, porque tendrían que pagar sus culpas. Matar a docenas o centenares o millares de descontentos, les importa muy poco, sobre todo cuando piensan en lo que ya llevan hecho. Por tanto, y sin que se deba tomar como artículo todo lo que yo digo, porque repito que es una visión parcial de lo que allí pasa, creo que es hacerse ilusiones pensar en una espontánea y cercana rendición de Madrid.

Los “responsables”, ya lo digo, viven bien. En el Cuartel General de los milicianos, Moreto, 11, donde yo trabajaba, no escaseaba de nada. Se disponía, además, de automóviles. Los cines funcionan y están siempre llenos de milicianos y sus parientes. La idea de la inexpugnabilidad de Madrid, aunque falsa, está clavada allí en muchas imaginaciones. Considérese que, si bien muchas personas de buena o mediana posición han decaído hasta la más terrible pobreza, en cambio muchos millares de hampones, de rateros, de criminales, y sobre todo de sujetos que antes sólo percibían un jornal, viven como no habían podido soñarlo. Tienen buenas casas, buenas ropas –robadas, claro-, disponen de dinero en abundancia. El botín de una ciudad como era Madrid da mucho de sí, y los que bruscamente, y por consecuencia de la guerra, han cambiado tan radicalmente de situación, no están fácilmente dispuestos a que se acabe.

Mi vida se desenvolvía apaciblemente en aquella oficina; pero como estaba tan flaca y tan exangüe, probablemente no alcanzaba el ideal de las sirvientas tal y como probablemente allí se concebía. Nunca dejaron de ser amables conmigo. Pero comprendí que preferían otra cosa: me faltaban kilos y me sobraban lo que ellos llaman “prejuicios burgueses”. Afablemente, empezaron a discurrir el modo de sustituirme. Fue Piñera –el comisario-, quien un día me dijo:

– Tú aquí ganas poco.
– No, señor, me conformo con lo que tengo.
– Pero, ¿no dices que mantienes, o ayudas a mantenerse, a tu hermana?
– Sí, señor.
– Pues, entonces, te convendría mejorar. ¿No te gustaría ser enfermera?
– Es que no sé nada de eso.
– No importa. Te enviaremos al hospital que hay en el Palace.
– Pero, ¿me admitirán allí? No tengo título.
– Yo lo arreglaré –me prometió.
Al día siguiente, en efecto, me anunció que ya había convenido para mí una plaza.
– Te darán, por lo pronto, 40 duros.
– ¿Y la comida?
– También. Y cuando tengas título, ganarás 60.
– Bueno.

De esta manera me convertí en enfermera, y empecé a prestar mis servicios en el hospital de sangre instalado en el antiguo Hotel Palace. Una parte está convertida en hospital. Hay allí muchos centenares de heridos. Cada ofensiva nacional hace que aquello se desborde. Pero –detalle curioso-, en el piso entresuelo y en los bajos están instalados los estados mayores rusos. Tienen sus habitaciones los oficiales rusos que mandan y gobiernan en Madrid. Y tratan a las mujeres españolas que prestan servicio allí como buen botín de guerra. No precisamente empleando la violencia. La verdad me obliga a decir que las muchachas –muchas de ellas, no todas, claro- les hacen buena cara, y procuran divertirse con ellos, dando a la palabra diversión su significación más amplia. Por allí andaba uno muy alto, joven, bien parecido y vestido, siempre en conversaciones con ellas. En conversaciones desprovistas, naturalmente, de toda finalidad militar. Le llamaban Michel, o algo por el estilo [encaja con Yosif Grigulevich, lituano agente del NKVD al que se le atribuyen grandes crímenes como los de Paracuellos y Andreu Nin]. Era oficial del Estado Mayor, y debe haber formado de las mujeres españolas una idea poco lisonjera para nuestro decoro. Es triste tener que decirlo, pero tampoco es cosa de disimular la infamia que representaba aquello de estar coqueteando, y algo más, con los mismos que habían venido a pisotear España y a tratarla como país conquistado. Las chicas le buscaban también, probablemente porque les hacía gracia su manera de hablar nuestro idioma. Aparentaba resistir a sus insinuaciones. Aquel bárbaro bien uniformado tenía cierta pretensión a la fidelidad femenina. Sus interlocutoras, ya ganadas a la concepción comunista del amor, se lo reprochaban:

Yosif Grigulevich, alias "Miguel".

Yosif Grigulevich, alias “Miguel”.

– Nosotras somos comunistas –le decían.
– No importa, no importa –replicaba el ruso-. Una compañera solo para un compañero.
– No, eso no. Comunismo, comunismo.
– Eso no es comunismo –protestaba él.

Me figuro que realmente no lo era, y que aquellas mujeres, jóvenes en su mayoría, lo que querían era eso que se llama “vivir su vida”. Y en efecto, la estaban viviendo. Entre los médicos, las enfermeras, los oficiales rusos y otros sujetos privilegiados que pululaban por allí, aquello tenía un carácter poco adecuado para que lo describa una muchacha, aunque las circunstancias trágicas que atravesó ya la hayan curado de espanto.

II

Eso no quitaba, ni mucho menos, su dramatismo a las salas donde yacían y morían los heridos. Yo procuraba ser, dentro de mi ignorancia, lo más útil posible. Asistía a algunas operaciones, daba sus alimentos a los hospitalizados, los atendía en la forma que se me indicaba o veía hacer a las otras. Y allí percibí bien que la guerra ofrece distinto aspecto según se le ve desde la retaguardia o los despachos y oficinas, o se toma realmente parte en ella. Los heridos no eran optimistas. Cuando tenían confianza con nosotras, agradecidos por el auxilio que les prestábamos, se franqueaban:

– ¿Corren mucho los “facciosos”? –les preguntaba yo, por oírlos.
– ¿Correr? Sí, sí… Hay que ver cómo pegan.
– Pero, ¿no dicen que los legionarios son frailes disfrazados?
– ¿Frailes? Eso lo dicen los cobardes que se pasan el tiempo en la retaguardia. Pelean como fieras. Y todo lo que dicen aquí los periódicos es mentira.

Bajaba yo la voz instintivamente:

– ¿Dónde te han herido?
– A mí, en Brunete.
– Una gran victoria del Ejército del Pueblo.
– Eso dicen los periódicos. Un palizón que nos ha hecho polvo.

No era raro oír, entre los que se hallaban febriles, gemidos:

– ¡Ay, madre mía! ¡Ay, Virgen mía!

Uno me pidió una vez:

– Guárdame esta medalla. Que no me la quiten. Que no se pierda. Si me muero, pónmela antes de que me entierren.

Era una medalla de la Virgen del Pilar, que probablemente le había dado su madre. Muchos, casi la mayoría, sobre todo los que venían de provincias, eran “fascistas”. Conmigo no lo ocultaban. Ser fascista era ser religioso, creer en Dios y en los santos, tener entusiasmo por la verdadera España. Y nadie aquí en esta zona puede comprender el dolor inmenso de aquellos pobres muchachos mutilados por sus propios hermanos, con quienes habrían querido estar; heridos por defender una causa que les inspiraba horror. Como se sentían en muchos casos cerca de la muerte, ya ni se tomaban el trabajo de ocultar sus inclinaciones. Verdad es que también los… Pero, no. No quiero ni debo hablar por el prurito de enumerar simpatías, que se adivinarán fácilmente; pero que sería un crimen revelar ahora, cuando todavía podrían pagarlas caras los que las sienten.

III 

Había bastantes médicos en aquel hospital. Recuerdo los nombres de muchos de ellos. Pero no quiero consignarlos ahora. Estar allí no quiere decir necesariamente que se comparta el criterio de los rojos. Se está allí como médico, por humanidad, por deber profesional, por librarse de persecuciones, por mil motivos a los que también pueden unirse el de sentirse solidario del Gobierno de Valencia. Al que no creo que será indiscreción nombrar es al doctor Bastos. Este sí era rojo, y no me parece que descubriré ningún secreto diciéndolo. Rojo entusiasta, activo, de los que comentaban entusiasmados las imaginarias victorias del Ejército Popular y procuraban atenuar sus derrotas. Según él, los fascistas estaban perdidos. Ni la caída de Bilbao ni la de Santander tenían importancia. Al contrario, oyéndole casi podía haberse creído que se trataba de sucesos favorables para los marxistas. Hay que reconocer que, por lo menos, era firme en sus convicciones. [En realidad el doctor Bastos era un votante de derechas camuflado en la CNT].

El doctor Manuel Bastos Ansart.

El doctor Manuel Bastos Ansart.

Al doctor Bastos le acompañaba frecuentemente su esposa, una señora de aspecto distinguido, que se ponía la bata blanca de enfermera para auxiliarle en sus operaciones quirúrgicas. Esta dama era roja también. En ocasiones arengaba a los milicianos heridos:

– Hay que volver al frente, una vez curados. Y no retroceder.

Y como en muchos rostros no veía reflejada la misma convicción, insistía:

– Todas las mujeres pensamos como “La Pasionaria”. Preferimos ser viudas de un héroe muerto a esposas de un cobarde vivo.

Era una gran propagandista roja. A las enfermeras nos incitaba a secundarla:

– Debéis estimular a los muchachos para que vuelvan a pelear con entusiasmo, y hacerles ver la vergüenza de que la mayor parte han resultado heridos por la espalda.

Nos parecía chocante que una dama tan distinguida sustentara tales ideas. Es posible que aquella actitud fuera un modo de garantizarse contra posible posibles sospechas de desafecto a la República. O que realmente fuera sincera. Como no la conocía íntimamente, no puedo precisar a qué móviles obedecía actuando de “Pasionaria” en los hospitales donde operaba su marido.

También el doctor Enrique Orial era rojo y procuraba ponerlo de relieve a cada paso.

Curioso hospital, debajo del cual se albergaba un Estado Mayor ruso, en el que no faltaban, además de los mapas y planos, las botellas de bebidas alcohólicas. A las enfermeras, en la sala que nos estaba asignada, no nos faltaba tampoco qué beber. A menudo nos obsequiaban con cerveza. Aparecía por allí Michel, el oficial ruso, obstinado en sus galanterías.

– Las rusas son guapas –le decían, por oírlo, las enfermeras.
– No como las españolas.
– ¿Va usted a buscar compañera en España?

Muchas horas se pasaban en conversación con los visitantes, militares rusos o españoles.

Encima y al lado, en las grandes salas donde en otro tiempo se daban banquetes y bailes, gemían los heridos. Se sacaban a horas intempestivas a los que acababan de morir, envueltos en lienzos o en cajas de madera sin pintar, cuando no las había –lo que ocurría frecuentemente- debidamente ornadas. Los sacaban por la escalera y la puerta de servicio, para no turbar la tranquilidad de los otros habitantes del Palace. En aquellas estancias, donde se alineaban las camas de los heridos, se olía a antisépticos, flotaba esa atmósfera peculiar de los lugares donde se remansa visiblemente el dolor humano. Abajo, y al lado, se fumaba, se conversaba, se reía. Y allí mismo, los jefes y oficiales rusos, bien uniformados estudiaban y decidían los planes de ataque y defensa que habían de prolongar la terrible guerra.

Cartel de Stalin en la Puerta del Sol

Cartel de Stalin en la Puerta del Sol.

Y fuera, Madrid vivía su pobre existencia. Un Madrid desconocido, cubierto de cartelones soviéticos, de rótulos marxistas traídos de Moscú; derruido en parte, lleno de escombros y de agujeros, mutilado también como un combatiente. Habían desaparecido ya las colas para los alimentos y combustibles, que se entregaban sólo mediante la correspondiente cartilla. Pero no cesaba el ir y venir de soldados extranjeros de milicianos, de mujeres sórdidas, famélicas, harapientas, con aire triste o enfurecido, que se apelotonaban con el menor pretexto, en ansiedad de noticias que pusieran fin a aquella vida siniestra. Y a veces, por las calles donde ya no se ve a ninguna persona medianamente vestida, pasaba un grupo de ex criadas pintarrajeadas, vestidas con trajes lujosos, robados, que gritaban del brazo de milicianos ebrios, como en las tardes polvorientas de los carnavales de antaño…

IV

Se me presentó el extranjero que me había traído noticias de Manuel.

– Va usted a hacerse el pasaporte.
– ¿Me lo darán?
– Yo la acompañaré.

Me hice los retratos necesarios y en su compañía fui a la Dirección de Seguridad, donde sin la menor dificultad me expidieron el documento que necesitaba para salir de España.

– ¿Por qué se va usted? –me preguntó el policía que iba a extenderlo.
– Porque bien ve usted que estoy enferma. Necesito reponerme.
– Ya, ya. Reponerse y hablar mal de la España republicana, una vez que haya logrado salir de ella.

Adopté una actitud humilde.

– Si no estuviera enferma, no me iría.

De mala gana me entregó el pasaporte, como se le había ordenado.

– ¿Y ahora? –pregunté a mi desconocido protector.
– Dentro de un mes, volveré. Ya la llevaré, con otras tres señoras, en automóvil hasta Francia.
– ¿Pasando por Barcelona?
– Sí.
-Me da miedo.
– Pues usted verá. No hay otro camino. De aquí a Valencia. Y de allí a Barcelona y Francia.
– Bien, bien. Acepto. ¿Usted sabe si “tío Manuel” está en Francia?
– No lo conozco. La recomendación que se me hace procede de franceses que se interesan por usted y son los que me dieron la carta que le traje. Así, pues, ¿estamos conformes? Porque si usted no se decide, hay otras personas dispuestas y deseosas de hacer el viaje.
– Sí, sí. Conformes.
– Hasta dentro de un mes.
– Le aguardaré con la impaciencia que puede suponerse.

Se lo dije a mi hermana. Vacilé luego. No quería dejarla allí, sola, desamparada. Pero ella me instó fervorosamente. Pediría mi puesto, buscaría trabajo. Quizás yo pudiera, una vez libre, ayudarla a salir de una vez… Y ya todas mis horas se pasaron, como las de los reclusos, contando las que me faltaban para la ansiada huida…

V

Una noche vinieron, a primera hora, tres muchachos, a cuyas familias conocíamos.

– ¿Podemos quedarnos aquí? Nos persiguen.
– ¿Por qué?
– Por fascistas. Llevamos ya muchas semanas saltando de un refugio a otro. Pero la gente se acobarda de tenernos escondidos.
– ¿Por una sola noche?
– Sí.
– Pues quedaos.

Durmieron en un diván y en el suelo. Mediada la mañana, se fueron. Cuatro o cinco días después vino a vernos la madre de uno de ellos. Era una sombra dolorosa en cuyo rostro demacrado habían quedado impresas las huellas de inagotable llanto.

– ¿Tuvisteis a mi chico aquí?

Le dijimos el día.

– Me temo que lo hayan muerto. Creo que han logrado cogerlo. Y ya no he vuelto a tener noticias suyas.
– ¿Qué podemos hacer?

Nos pidió que fuéramos al depósito de cadáveres, a ver si le reconocíamos entre los muertos. Y fuimos. Se amontonaban allí los asesinados. Yo estuve muchas veces a punto de desvanecerme. Pero, por no frustrar el triste empeño de la pobre madre, todavía fuimos al hospital de San Carlos, donde también había docenas de ejecutados la noche anterior. El olor era irrespirable. Las mujeres del “pueblo” entraban allí tapándose las narices, pero riendo, comentando en voz alta lo expeditiva que era la justicia marxista. Casi todos los muertos eran muy jóvenes, y algunos casi niños. Hasta había un cojo, y lo habían puesto tendido con su muleta al lado.

– ¿Y a éste por qué le habrán matado? –reflexioné yo en voz alta.
– ¿Por qué iba a ser? Por fascista –me dijo una de aquellas harpías.
– Pues mira que ser cojo y fascista –murmuró otra.

Por lo visto, aquello le parecía una incongruencia.

No pudimos resistir, y nos salimos sin acabar la investigación. En el camino de regreso a nuestra casa, nos pusimos de acuerdo para insinuar a la triste madre que acaso su hijo había logrado pasarse al Ejército de Franco. Con esa esperanza quedó. Y quién sabe si no habrá sido cierto…

VI

Y ahora que ya tenía la esperanza, casi la certeza de que saldría de allí, pude enteramente abandonarme a la piedad que los pobres heridos me inspiraban. Todos, hundidos en la cama del hospital, parecían buenos. La maldad que hubieran podido  tener, se les había ido con la sangre perdida. Y en realidad, la mayor parte eran muchachos de pueblos lejanos, levantinos, que no habían venido a Madrid sino para atravesarlo en desfiles delirantes e ir a caer en las trincheras. Habían llegado con la idea de afrontar a un enemigo fácil de vencer, acobardado, mal dotado. Y la sorpresa de los ataques y las reacciones del Ejército nacional les habían producido un pavor del que no parecían restablecidos. Hablaban de las tropas de Franco. Ninguno pronunció jamás en mi presencia una palabra despectiva. Y en muchos se transparentaba o declaraba francamente la nostalgia de no formar parte de ellas.

– ¿Hay muchos alemanes? –les preguntaba yo.
– No hemos visto ninguno. Moros sí. Y todos nos desafiaban en español, como nosotros.

De otros nos contaban que se habían pasado. Amigos y coterráneos, más afortunados que ellos, y que habían logrado irse al otro lado.

– Pero, ¿no dicen que los fusilan?
– ¡Qué va! Franco los perdona.
– ¿Es verdad eso?
– Todos lo saben en el frente. Y muchos, si pudieran, se pasarían. Pero no te creas tú que es cosa fácil.

Cartel de propaganda de la CNT-AIT (www.todocoleccion.net).

Cartel de propaganda de la CNT-AIT (www.todocoleccion.net).

Les escribía las cartas para sus familias. Algunos, cuya convalecencia se iniciaba ya, me hacían declaraciones amorosas.

– ¿Tú, en tiempo de paz, eres también enfermera?
– No.
– Pues, ¿qué eres?

Les mentía, les inventaba mil historias novelescas.

– Cuando se acabe la guerra –me decían-, si tú quisieras… Mi padre tiene algunas tierras en Valencia.
– Pero, si ya no habrá nunca propietarios de tierras –les objetaba yo.
– Que te crees tú eso.

Porque en el fondo, todo el mundo tiene allí la absoluta convicción de aquella anarquía y desorden, aquel “comunismo” que es pura tiranía, son cosas terribles, pero pasajeras. Algo que no esa la razón les dice que aquello no es viable ni humano, ni, por lo tanto, durable. Uno de ellos me miraba largos ratos, con ojos tristes. Estaba muy mal herido, pálido, demacrado. Apenas hablaba.

– Siéntate a mi lado –me pedía.

Anhelo de una compañía femenina, que le recordaba tal vez a alguna hermana distante.

– ¿Tienes sed?

Denegaba con la cabeza. Pero si yo intentaba irme me suplicaba con voz lastimera:

– No te vayas aún…

No sé si habrá muerto. Una tarde me fui, prometiendo volver al día siguiente. Pero el día siguiente era el de mi evasión. Y ya nunca volví a verle….

Anuncios

Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
Esta entrada fue publicada en Historia y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Mi vida entre los rojos (IV). En el hospital del Palace

  1. Pingback: manuela aguilera povedano 1936 | HIRANIA

  2. Pingback: manuel aguilera povedano 1936 | HIRANIA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s