Manuel Tagüeña, PCE: “Creí justo recurrir a la violencia para transformar el mundo”

Manuel TagüeñaManuel Tagüeña Lacorte (1913-1971), de familia burguesa y brillante universitario, no responde al perfil típico del dirigente comunista. Fue uno de los militantes más capaces del PCE, lo que le permitió dirigir con sólo 24 años más de 30.000 hombres durante la Batalla del Ebro.

Nació en Madrid en 1913. En su familia, de origen aragonés, no había nadie que perteneciera a la clase obrera. Su padre era topógrafo, su madre maestra nacional, y entre sus tíos había notarios, médicos, etc. La inquietud de Tagüeña por la política fue heredada de un abuelo republicano y una abuela carlista, hija de un general que había luchado contra los isabelinos en la primera guerra civil. Pero ese legado no incluía el lado en el campo de batalla, sino simplemente la pasión por entregar la vida en virtud de un noble ideal. Ese ideal, que sería el comunismo, fue responsabilidad total de Tagüeña y, en cierto modo, del azar.

Según su propio relato, expuesto en sus memorias reeditadas en 2005 Testimonio de dos guerras (obra que en España no vio la luz hasta febrero de 1978), cuando tenía 12 años un viejo carlista le dijo que “quedarse al margen de la lucha era una cobardía”, por lo que a partir de ese momento le expresó a todo el mundo que él era carlista. Ese sentimiento fue alimentándolo a lo largo de los años a través de la lectura de historias épicas y acabó entregándose a la lucha:

“A los 16 años consideraba que sólo entregado a una causa noble tenía sentido la vida. El problema consistía en encontrarla (…). El mundo estaba muy lejos de marchar conforme a mis ideales (…) no podía resignarme a cruzarme de brazos; al contrario, creí justo recurrir a la violencia para transformar el mundo. Todo me empujaba a convertirme en revolucionario intransigente”.

En 1929 terminó el bachillerato en Ciencias e ingresó en la Universidad Central para estudiar Física. Pronto abandonó a los estudiantes católicos, de los que había sido delegado, y se inscribió en la FUE (Fundación Universitaria Escolar), organización opuesta al régimen dictatorial de Primo de Rivera. En el seno de ese colectivo comenzó a alternar con compañeros de ideas izquierdistas, a los que no dudó en ayudar a preparar huelgas y otras acciones. Una vez destituido Primo de Rivera, el nuevo enemigo a batir era la monarquía. En las aulas se vio envuelto en varias peleas con estudiantes monárquicos de los que dice que sentía lástima ya que “eran pocos” y defendían “una causa perdida”. Comenzó a distinguirse en Tagüeña una inusual dualidad, era un alumno estudioso y obediente en clase, pero también era un hombre de acción que no podía evitar participar en todas las refriegas de la universidad. Dos sucesos habían marcado su carácter: la repentina muerte de su padre en 1927 y de su hermano en 1930.

Manuel Tagüeña.En noviembre de 1930, con 17 años, sus contactos en la FUE le entregaron una pistola y le encargaron la guardia del Ateneo de Madrid. Pocas semanas después, cuando era inminente el levantamiento militar en favor de la República, le nombraron jefe de grupo de las “milicias republicanas”. Sin embargo, el adelanto de la sublevación de Jaca desbarató la acción en Madrid. Tras librarse de ser detenido, ingresó en el Partido Federal, aunque su actividad se limitó a asistir a algunas de sus reuniones.

En 1932 dejó el Partido Federal y comenzó a sentirse atraído por las novelas de la Revolución Rusa y la posterior guerra civil entre blancos y rojos. Tagüeña ha escrito:

“Como tantos jóvenes de mi edad, y casi sin advertirlo, me encontré buscando una causa a la que poder consagrarme. (…) La mística del comunismo me agradaba, tenía necesidad de creer en algo, y todo lo que había leído rodeaba esa doctrina de una aureola romántica”.

A finales de 1932 ingresó junto a su amigo Fernando Claudín en la Juventud Comunista. Tagüeña se puso como norma no aceptar cargos políticos en el PCE, mientras que Claudín al poco tiempo acabaría siendo  miembro del Comité Central del partido. Su pasión por la acción y la lucha haría que Tagüeña  ingresara en las recién creadas MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas), organización paramilitar de control socialista, por lo que se apartó virtualmente de los comunistas. En mayo de 1933 se incorporó a la redacción del periódico comunista Juventud Roja.

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En 1934 intensificó su actividad política por la derrota de la izquierda en las elecciones. Los tiroteos con falangistas en la calle y en las aulas era cada vez más frecuente. Tagüeña acostumbró a portar una pistola para ir a clase. Aquel año conoció en el local social de las Juventudes Comunistas a su futura esposa, la coruñesa Carmen Parga Parada, afiliada al BEOR (Bloque Escolar de Oposición Revolucionaria) y comunista como él. Durante la huelga revolucionaria de octubre de 1934 le encargaron dirigir una compañía de milicia socialista que tenía que asaltar un cuartel en Madrid. Sin embargo, la Guardia de Asalto se lo impidió produciéndose un tiroteo que costó la vida a un guardia y un joven socialista. Tagüeña fue detenido y encarcelado durante varias semanas, hasta que su tío, diputado radical, intervino por él para que saliera en libertad. Decidió apartarse durante un tiempo de la intensa acción que se vivía en Madrid, por lo que pasó varios meses entre el pueblo de Molina de Aragón, en Guadalajara, como profesor de matemáticas, y Zaragoza, donde se “refugió” en casa de su tío.

El verano de 1935 volvió a Madrid para cumplir el servicio militar en el Regimiento de Zapadores nº 1 del Cuartel de la Montaña. Se esmeró como soldado, y llegó a ser sargento y brigada, aunque no pasó el examen de alférez, al parecer porque sus superiores conocieron su filiación izquierdista. Llegó 1936 y continuó su actividad política desde las Juventudes Socialistas, que luego se unirían a las comunistas formando las Juventudes Socialistas Unificadas.

Uno de los capítulos más valiosos de sus memorias es el que se refiere al asesinato de Calvo Sotelo. Tagüeña estuvo en el cuartel de Guardias de Asalto de Pontejos el 12 de julio, de donde salió la camioneta con Fernando Condés y otros más que acabarían ejecutando al líder de la oposición en aquel momento. Tagüeña asegura que se enteró después del suceso y que él aquella noche se dedicó a arrestar falangistas. Y con ello llegó la guerra civil.

“La responsabilidad del fracaso no era sólo de los gobernantes, sino de la oposición de derecha e izquierda que no había dado sosiego al nuevo régimen desde el 14 de abril. Hubiera sido mejor encontrar una fórmula aceptable para la mayoría, pero intransigencias, intereses creados, impaciencias y demagogias, se opusieron a ello. Ya no quedaba más salida que la guerra a muerte”.

El cadáver de José Calvo Sotelo (1936).

El cadáver de José Calvo Sotelo (1936).

Comenzó la guerra con el grado de capitán ayudante del Batallón Octubre nº 11, cuyo jefe era Fernando de la Rosa, que actuaba en el frente de la sierra de Madrid, junto a Guadarrama. Al morir De la Rosa en septiembre de 1936 pasó a ser comandante del batallón, y el 1 de agosto de 1937 jefe de la 3ª División de El Escorial. El ministro de Defensa Nacional, Indalecio Prieto, intentó anular el nombramiento por su “extrema juventud”, pero las presiones comunistas consiguieron que su orden no tuviera efecto.

Tagüeña, entregado en cuerpo y alma al PCE y gozando de la confianza de su buró político, se puso a la altura del prestigio de los altos mandos comunistas del Ejército de la República, como Modesto, Líster, Cordón, etc. Incluso fue laureado con la Medalla de la Libertad. Al mismo tiempo, algunos socialistas como Antonio Escribano le acusaban de cometer actos proselitistas entre la tropa y ascender a los que se pasaban del PSOE al PCE.

El 16 de marzo de 1938 fue destinado al frente del este, donde intentó contener el empuje del ejército nacional en el sector de Teruel, lo que le valió el ascenso a teniente coronel. El 25 de julio de ese año, Modesto le confió el mando del XV Cuerpo del Ejército del Ebro, más de 30.000 hombres repartidos en tres divisiones. Su unidad fue la última en retirarse de nuevo al otro lado del río tras la cruenta batalla el 16 de noviembre de 1938. Tagüeña tenía sólo 24 años de edad, pero se reveló como un militar brillante, disciplinado y eficaz.

Soldados republicanos en la Batalla del Ebro (1938).

Soldados republicanos en la Batalla del Ebro (1938).

Tras la caída de Cataluña en enero de 1939, pasó a Francia y de allí, por orden del partido, se trasladó en avión a Madrid. Sin embargo, el repentino Golpe de Casado le obligó a salir de España el 7 de marzo con los principales dirigentes comunistas desde el aeródromo de Monóvar, Alicante, en dirección a Toulouse. Poco después se reunió con su familia en Moscú para trabajar en la prestigiosa Academia militar Frunze.

Esta nueva etapa de su vida, paralela a la de tantos otros españoles en el país soviético, estuvo marcada por la miseria y el desencanto. Aunque fue integrado en el Ejército Rojo con el grado de mayor, no participó en la II Guerra Mundial por la negativa directa de Stalin. Tagüeña, Líster, Modesto y otros, solicitaron su traslado al frente al comenzar la Operación Barbarroja: “Buscábamos la posibilidad de luchar: nuestra suerte estaba unida a la del pueblo soviético y si éste era derrotado, nada nos salvaría del exterminio”.

Cansado de las intrigas y la represión staliniana, se trasladó a Yugoslavia como asesor militar con el grado de coronel de Estado Mayor. La ruptura entre Tito y Stalin le hicieron temer ser eliminado por agentes rusos, por lo que decidió abandonar la carrera militar y trasladarse a Checoslovaquia para trabajar como físico en la Universidad de Masaryk, mientras su esposa ejercía de profesora de español. Allí, a la vez que adquirían una confortable posición social y económica, acabarían ambos abandonando el PCE. En 1955, muerto Stalin y tras un interminable proceso burocrático consiguió atravesar la frontera de occidente y trasladarse a Méjico en compañía de su mujer, sus dos hijas y su suegra. Catorce años después escribiría:

“Nunca he sentido el más leve remordimiento de haber dejado Checoslovaquia ni de haberme apartado del comunismo. (…) Me aparté del comunismo no por sus fines, sino por sus métodos. (…) Queda por probar la fusión del socialismo con la libertad, fórmula inédita y única bandera bajo la cual merecía la pena luchar, con la esperanza de que abriera un camino a nuevas ideologías y a la paz, el bienestar y la unidad, de todos los pueblos de la tierra”.

El mundo capitalista no le aportó la posición social que había gozado en Checoslovaquia. Tuvo varios trabajos de pequeña importancia hasta que en 1956 se estableció como asesor médico de un laboratorio farmacéutico. En 1960 consiguió un permiso para regresar a España y visitar a su madre gravemente enferma. El retraso de cinco años por parte del régimen de Franco en darle la autorización había servido para que Tagüeña cambiara de idea y ya no deseara regresar a vivir a España: “Para vivir en paz tendría que aceptar el papel de ‘rojo arrepentido’, lo que lesionaría gravemente mi dignidad y me haría caer en una situación parecida a la que viví en los países comunistas”. A la noticia de la muerte de su madre se unió el de una de sus hermanas y su sobrina. Se adaptó muy bien a su nuevo país, sus hijas crecieron allí y tuvo nietos mexicanos. Murió en Ciudad de Méjico en 1971, pocos meses después de revisar sus memorias para su publicación. Su mujer, Carmen Parga, difundió su obra, que vio la luz en Méjico en 1973, y defendió su memoria hasta su fallecimiento el 10 de abril de 2004.

Manuel Tagüeña

Para citar el artículo: AGUILERA POVEDANO, Manuel, “Manuel Tagüeña (1913-1971)”. En España pendiente del mundo. Septiembre 1938. Colección La Guerra Civil Española Mes a Mes. Nº 29. Unidad Editorial. Madrid, 2005. Págs. 116-119.

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de "Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española".
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