El bar Feliz

El bar Feliz, en la calle Juan Crespí, en Palma.

EL BAR MÁS cercano a mi casa se llama Feliz. Debería ser un bar cualquiera -estrecho, sin nada especial- pero la pareja china que lo lleva le puso el nombre de Feliz y lo ha convertido en un centro de reunión de currelas donde pasan cosas extraordinarias. Es como la tienda de discos Sex de Londres, donde nació el punk y dicen que pasaban cosas increíbles si permanecías el tiempo suficiente. El bar Feliz es así y lo sé sin haber entrado nunca.

No sé, hay gente que le hace feliz escuchar a Aretha Franklin; yo sonrío cuando paso la puerta del Feliz. Siempre pasa algo. Tiene dos pequeñas mesas en la acera y obliga a los transeúntes a desfilar entre el jolgorio de la terracita y la entrada del bar. Cuando en el pequeño pasillo me mezclo unos segundos con la clientela, gente de mediana edad hartos de trabajar, suele pasar algo extraordinario: un comentario, un gesto… El otro día uno de los clientes cogió a un chaval de 14 años -debía ser el hijo de su amigo- y señaló a dos chicas adolescentes que pasaban cerca.

– Si yo tuviera tu edad ya estaría allí.

– A ver si te crees que yo me voy con la primera que pasa -contestó orgulloso el chaval.

Otro que escuchó la escena se levantó indignado y le gritó: «¡Ya dejarás de ser tan exigente!».

En otra ocasión veía ya jaleo de lejos, así que me esperaba una buena. Veía debate acalorado con cuerpos incorporados de la silla y brazos al aire. Me acerqué sigilosamente queriendo pasar inadvertido y oí el origen de la disputa: «¿¡Que un toro de lidia no puede con dos leones!? ¡¡Madre mía, no tienes ni puta idea!!». El otro sentenció: «¡No me jodas, si el león es el rey de la selva!». Reflexiones de Santa Catalina a las siete de la tarde.

A veces no son horas de jolgorio. Por ejemplo, las tres de la tarde. A esa hora pasé el otro día y sólo había una silla ocupada en la terraza. Un día tranquilo -pensé-, pero el único cliente que había estaba completamente dormido con una caña entera a su lado. Se ve que el camarero tardó un poco.

El bar Feliz es justo lo contrario a los locales gafados que hay en todas las ciudades. Yo llegué a regentar un bar que el anterior dueño había llevado a una bruja para quitarle el mal de ojo. Era un local muy bien situado, con una pedazo terraza, pero no se sentaba nadie. No había explicación científica para ello. Yo tenía un mes de vacaciones y el dueño, desesperado, me dijo: «Ábrelo si quieres». En el fondo quería decir, «si te atreves». Mi gestión fue regular porque se llamaba Cafetería y no servíamos café, pero bueno, esa es otra historia.

El bar Feliz es diferente, está cargado de las proezas de la gente normal, como dice Loquillo. Creo que voy a celebrar mi cumpleaños ahí.

(Columna Los últimos de MalleEl Mundo / El Día de Baleares, 20 de agosto de 2018)

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Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de 'Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española' y 'Un periodista en el desembarco de Bayo'.
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