La verdad sobre Dabiz Muñoz

Este es un artículo que quiero liberar. A veces pienso que está feo escribir sobre alguien que fue tu amigo, aunque ahora sea un personaje público. Otras, como ahora, pienso que lo que cuento pasó hace 15 años y que permite saber cómo viajar desde la nada hasta las tres estrellas Michelin. Tuve la suerte de vivir un idilio de amistad con Dabiz Muñoz cuando empezaba, cuando no era nadie, y quiero revelarlo como ejemplo de superación.

Conocí a Dabiz porque me confundían con él de marcha. Sí, hablaba con gente y luego se despedían llamándome “David”. Resulta que amigos comunes nos encontraban un gran parecido físico, sobre todo los viernes por la noche, así que tuve que conocerlo. Para mí, fue mi salvación. Ambos salíamos de una tragedia romántica y nos unimos para arrastrar nuestra miseria. Juramos salir juntos del pozo pero durante dos años las mujeres no nos miraron ni por curiosidad. A cambio, vivimos una amistad intensa de amor-odio. Porque si David es algo, es intenso. Tiene mucho carácter y se toma todo a pecho. Tiene la personalidad de barrio de La Elipa: simpático gamberro. Un partido de fútbol era tangana segura. Nos exige mucho a todos. Quizá ese es el secreto de su éxito.  

Cuando me preguntan por él, digo que David también hubiera sido el mejor si se hubiera dedicado al punto de cruz. Algo que creo que le marcó fue no triunfar en el fútbol. Jugó en el Atlético de Madrid y no llegar al primer equipo le hizo odiar el fracaso.

Una noche de verano nos dimos el lujo de cenar en Mugaritz (dos estrellas Michelin), en Rentería. Cuando íbamos por el décimo plato, me dijo: “Vamos a decir al metre que somos cocineros y queremos conocer a Aduriz”. Me apunté a la aventura y al terminar nos invitaron a la cocina. Estuvieron un buen rato hablando y yo con cara de tonto cuando Andoni intentaba meterme en la conversación: “Y dime, ¿cómo hacéis las cocochas?”.

Dabiz tenía sólo 25 años y se atrevió a dejar su puesto de segundo de cocina en Viridiana para ponerse por su cuenta en un restaurante sin apenas clientes. Pero era libre. No tenía que obedecer a nadie y podía ser creativo. Estábamos de cañas y él apuntaba recetas en una libretilla. No descansaba. Se fue a Londres a aprender y al volver fundó Diverxo.

Todo se resume en esto: yo me reía de él porque conducía el último coche sin elevalunas eléctrico de Madrid. Cuando en 2013 ganó su tercera estrella, me dijo: “Ven, que te enseño mi coche”. Era un Mercedes deportivo. Se lo habían regalado por salir en el anuncio de la marca. Ahora sí que era libre. Simpático gamberro.

(Columna Tejiendo historia, publicada en Ultima Hora el viernes 24 de abril de 2020. Sale cada 15 días en papel. PDF).

Acerca de manuelaguilerapovedano

Periodista e investigador de la Guerra Civil Española. Doctor, con premio extraordinario, por la Universidad CEU San Pablo y profesor de Periodismo en el CESAG. Autor de 'Compañeros y camaradas. Las luchas entre antifascistas en la Guerra Civil Española' y 'Un periodista en el desembarco de Bayo'.
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